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Ante El Tribunal Del Sanedrín

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El Libro de Urantia

Documento 184

Ante el Tribunal del Sanedrín

(1978.1) 184:0.1 CIERTOS representantes de Anás habían instruido en secreto al capitán de los soldados romanos que trajera a Jesús al palacio de Anás inmediatamente después de arrestarlo. El sumo sacerdote emérito deseaba mantener su prestigio como autoridad eclesiástica máxima de los judíos. También tenía otro objeto al retener a Jesús en su casa durante varias horas, y ése era que se necesitaba tiempo para convocar legalmente el tribunal del sanedrín. No era legal convocar el tribunal del sanedrín antes de la hora de la ofrenda del sacrificio matutino en el templo, y este sacrificio se hacía a eso de las tres de la mañana.

(1978.2) 184:0.2 Anás sabía que un tribunal de sanedristas estaba esperando en el palacio de su yerno, Caifás. Unos treinta miembros del sanedrín se habían reunido en la casa del sumo sacerdote a la medianoche para estar listos a enjuiciar a Jesús cuando éste fuera traído ante ellos. Sólo se habían reunido aquellos miembros que estaban fuerte y abiertamente opuestos a Jesús y a sus enseñanzas puesto que tan sólo se requerían veintitrés para constituir una corte de juicio.

(1978.3) 184:0.3 Jesús pasó alrededor de tres horas en el palacio de Anás en el monte Oliveto no lejos del jardín de Getsemaní, donde fue arrestado. Juan Zebedeo estaba libre y a salvo en el palacio de Anás no sólo por la protección del capitán romano, sino también porque él y su hermano Santiago eran bien conocidos por los criados más antiguos puesto que habían sido muchas veces huéspedes en el palacio, ya que el ex sumo sacerdote era un pariente lejano de su madre, Salomé.

1. El Interrogatorio de Anás

(1978.4) 184:1.1 Anás, enriquecido por los ingresos del templo, su yerno, en la posición de sumo sacerdote, y su relación con las autoridades romanas, hacían de él, el individuo más poderoso de todos los judíos. Él era intrigista y complotista, pero zalamero e ingenioso. Deseaba dirigir el asunto de la disposición de Jesús; temía confiar una empresa tan importante por completo a su brusco y agresivo yerno. Anás quería asegurarse de que el juicio del Maestro estuviese en las manos de los saduceos. Temía la posible simpatía de algunos de los fariseos, puesto que prácticamente todos aquellos miembros del sanedrín que habían abrazado la causa de Jesús, eran fariseos.

(1978.5) 184:1.2 Anás no había visto a Jesús durante varios años, desde el tiempo en que el Maestro lo visitó en su casa, y se fue inmediatamente al observar su frialdad y reserva cuando lo recibió. Anás había pensado aprovechar esta temprana relación para intentar persuadir a Jesús de que repudiara sus declaraciones y se fuera de Palestina. No quería participar en el asesinato de un buen hombre y había razonado que Jesús tal vez elegiría dejar el país en vez de sufrir la muerte. Pero cuando Anás se encontró frente al firme y decidido galileo, supo inmediatamente que sería inútil hacer tales propuestas. Jesús estaba aún más majestuoso y solemne de lo que Anás lo recordaba.

(1979.1) 184:1.3 Cuando Jesús era joven, Anás se había interesado grandemente por él, pero ahora sus ganancias se veían amenazadas por lo que Jesús había hecho tan recientemente al echar a los cambistas y a otros mercaderes del templo. Este acto despertó la enemistad del ex sumo sacerdote mucho más que las enseñanzas de Jesús.

(1979.2) 184:1.4 Anás entró en su espacioso aposento de audiencias, se sentó en un amplio asiento, y mandó que trajeran a Jesús. Después de observar al Maestro en silencio unos momentos, dijo: «Te das cuenta que algo habrá que hacer con el asunto de tus enseñanzas porque pones en peligro la paz y el orden de nuestro país». Al mirar Anás interrogativamente a Jesús, el Maestro lo miró fijamente a los ojos pero no respondió. Nuevamente habló Anás: «¿Cuáles son los nombres de tus discípulos, además de Simón el Zelote, el agitador?» Nuevamente Jesús lo miró pero no respondió.

(1979.3) 184:1.5 Anás estaba considerablemente molesto porque Jesús no contestaba a sus preguntas, tanto que le dijo: «¿Acaso no te preocupa si te trata amigablemente a ti o no? ¿Acaso no tienes en cuenta mi poder para decidir los asuntos de tu próximo juicio?» Cuando Jesús oyó estas palabras, dijo: «Anás, tú sabes que no podrías tener poder alguno sobre mí a menos que esto fuera permitido por mi Padre. Algunos quieren destruir al Hijo del Hombre porque son ignorantes; no saben de otra cosa, pero tú, amigo, sabes lo que estás haciendo. ¿Cómo puedes tú, por lo tanto, rechazar la luz de Dios?»

(1979.4) 184:1.6 El tono amistoso de Jesús al hablarle a Anás lo dejó casi perplejo. Pero él ya había decidido que Jesús debía irse de Palestina o morir; así pues, juntó coraje y preguntó: «¿Qué es lo que tratas de enseñarle a la gente? ¿Qué dices tú que eres?» Jesús contestó: «Tú bien sabes que yo he hablado abiertamente al mundo. Enseñé en las sinagogas y muchas veces en el templo, donde todos los judíos y muchos de los gentiles me han escuchado. En oculto, nada he hablado; ¿por qué, pues, me preguntas de mis enseñanzas? ¿Por qué no llamas a los que me oyeron y les preguntas a ellos? He aquí que todo Jerusalén oyó lo que yo dije, aunque tú mismo no hayas escuchado estas enseñanzas». Pero antes de que Anás pudiera responder, el mayordomo jefe del palacio, que estaba cerca, abofeteó a Jesús en la cara, diciendo: «¿Cómo te atreves a contestar al sumo sacerdote con tales palabras?» Anás no habló palabras de censura a este mayordomo, pero Jesús se dirigió a él, diciendo: «Amigo mío, si he hablado mal, testifica en qué está el mal, pero si yo he hablado la verdad, ¿por qué entonces me golpeas?»

(1979.5) 184:1.7 Aunque Anás lamentaba que su mayordomo hubiera abofeteado a Jesús, era demasiado orgulloso para hacer caso del asunto. En su confusión se fue a otro cuarto, dejando a Jesús a solas con los criados de la casa y los guardianes del templo por casi una hora.

(1979.6) 184:1.8 Cuando volvió, poniéndose al lado del Maestro, dijo: «¿Es que afirmas que eres el Mesías, el liberador de Israel?» Dijo Jesús: «Anás, tú me conoces desde los tiempos de mi juventud. Sabes que nada afirmo excepto lo que mi Padre me ha encargado, y que he sido enviado a todos los hombres, gentiles y judíos». Entonces dijo Anás: «Me han dicho que tú afirmas que eres el Mesías; ¿es verdad?» Jesús miró a Anás pero tan sólo contestó: «Así lo has dicho».

(1980.1) 184:1.9 Aproximadamente en este momento llegaron mensajeros del palacio de Caifás para preguntar a qué hora sería Jesús llevado ante el tribunal del sanedrín, y puesto que faltaba poco para el amanecer, Anás decidió que sería mejor enviar a Jesús, atado y custodiado por los alguaciles del templo, a Caifás. Él los siguió un poco más tarde.

2. Pedro en el Patio

(1980.2) 184:2.1 Al acercarse la partida de guardias y soldados a la entrada del palacio de Anás, Juan Zebedeo marchaba al lado del capitán de los soldados romanos. Judas se había quedado rezagado, y Simón Pedro los seguía a la distancia. Una vez que Juan hubo entrado en el patio del palacio con Jesús y los guardianes, Judas se acercó al portón pero, al ver a Jesús y a Juan, siguió camino en dirección a la casa de Caifás, donde según él sabía se llevaría a cabo más tarde el verdadero juicio del Maestro. Poco después de la partida de Judas, llegó Simón Pedro, y como estaba de pie ante el portón, Juan lo vio en el momento en que estaban por llevar a Jesús adentro del palacio. La portera que estaba a cargo del portón conocía a Juan, y cuando éste le habló, pidiendo que dejara entrar a Pedro, ella asintió con placer.

(1980.3) 184:2.2 Pedro, al entrar al patio, se acercó a un fuego de carbón para calentarse porque la noche estaba fría. Se sentía completamente fuera de lugar aquí entre los enemigos de Jesús, y efectivamente estaba fuera de lugar. El Maestro no le había pedido que se quedara cerca tal como se lo había pedido a Juan. Pedro debería haberse quedado con los demás apóstoles, a quienes les había sido advertido que no pusieran en peligro su vida durante esta temporada de juicio y crucifixión de su Maestro.

(1980.4) 184:2.3 Pedro arrojó su espada poco antes de llegar al portón del palacio de modo que entró desarmado al patio de Anás. Su mente era un torbellino de confusión; apenas si podía darse cuenta de que Jesús había sido arrestado. No conseguía captar la realidad de la situación —que él estaba allí en el patio de Anás, calentándose junto a los criados del sumo sacerdote. Se preguntaba qué estarían haciendo los demás apóstoles y, al darle vuelta en la cabeza al hecho de que Juan había sido admitido al palacio, concluyó que la razón era que él era conocido de los criados, puesto que también le había pedido él a la portera que dejase entrar a Pedro.

(1980.5) 184:2.4 Poco después de que la portera dejara entrar a Pedro, y mientras él estaba calentándose junto al fuego, ella se le acercó y maliciosamente le dijo: «¿Acaso no eres tú también uno de los discípulos de este hombre?» Ahora bien, Pedro no debería haberse sorprendido de ser reconocido, ya que Juan le había pedido a la muchacha que lo dejara entrar al palacio; pero estaba en tal estado de nerviosísmo que esta identificación como discípulo lo desequilibró, y con un solo pensamiento en su mente —la idea de escapar con vida— prontamente respondió a la pregunta de la muchacha diciendo: «No lo soy».

(1980.6) 184:2.5 Poco después, otro criado se acercó a Pedro y preguntó: «¿Acaso no te vi en el jardín cuando arrestaron a este tipo? ¿Acaso no eres tú también uno de sus seguidores?» Ya a estas alturas Pedro estaba totalmente alarmado; no veía cómo podría escapar con vida de estos acusadores; por lo tanto, negó con vehemencia toda conexión con Jesús, diciendo: «No conozco a este hombre, ni soy uno de sus seguidores».

(1980.7) 184:2.6 A eso de este momento la portera apartó a Pedro a un lado y dijo: «Estoy segura de que eres un discípulo de este Jesús, no sólo porque uno de sus seguidores me pidió que te dejara entrar al patio sino que mi hermana también te ha visto en el templo con este hombre. ¿Por qué lo niegas?» Cuando Pedro oyó la acusación de la muchacha, negó todo conocimiento de Jesús con muchos insultos y juramentos, diciendo nuevamente: «No soy seguidor de este hombre; ni siquiera lo conozco; nunca antes oí hablar de él».

(1981.1) 184:2.7 Pedro se alejó del fuego por un momento, deambulando por el patio. Le hubiera gustado escaparse, pero temía atraer la atención. Sintiendo frío, volvió junto al fuego, y uno de los hombres de pie allí cerca dijo: «Con certeza tú eres uno de los discípulos de este hombre. Este Jesús es un galileo, y tu hablar te traiciona, pues hablas como un galileo». Y nuevamente Pedro negó toda conexión con su Maestro.

(1981.2) 184:2.8 Pedro estaba tan perturbado que buscó escapar de sus acusadores alejándose del fuego y permaneciendo solo a un lado del pórtico. Después de más de una hora de retraimiento, la portera y su hermana lo encontraron por casualidad, y ambas nuevamente lo acusaron con malicia de ser un seguidor de Jesús. Nuevamente él negó la acusación. Justo cuando hubo negado otra vez toda conexión con Jesús, cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras de advertencia que le dijera su Maestro más temprano esa misma noche. Mientras estaba allí de pie, con el corazón pesado y aplastado por la sensación de culpa, se abrieron las puertas del palacio, y los guardianes condujeron a Jesús fuera del palacio, adonde Caifás. Al pasar el Maestro junto a Pedro, vio, a la luz de las antorchas, la expresión de desesperación en el rostro de su apóstol, previamente tan seguro de sí mismo y superficialmente valiente, se volvió y lo miró. Pedro nunca olvidó esa mirada durante toda su vida. Era una mirada tan plena de piedad y amor a la vez como ningún hombre mortal había contemplado nunca en el rostro del Maestro.

(1981.3) 184:2.9 Cuando Jesús y los guardias salieron del portón del palacio, Pedro los siguió, pero sólo por una corta distancia. No podía continuar. Se sentó a la orilla del camino y lloró amargamente. Después de derramar estas lágrimas de agonía, volvió al campamento con la esperanza de encontrar a su hermano Andrés. Al llegar al campamento, tan sólo encontró a David Zebedeo, quien envió a un mensajero a que lo llevara adonde se había refugiado su hermano en Jerusalén.

(1981.4) 184:2.10 Toda esta experiencia de Pedro ocurrió en el patio del palacio de Anás en el monte Oliveto. No siguió a Jesús hasta el palacio del sumo sacerdote Caifás. El hecho de que Pedro cayó en la cuenta de que había negado repetidamente a su Maestro cuando cantó el gallo, indica que todo esto ocurrió fuera de Jerusalén, puesto que estaba contra la ley tener aves dentro de los límites de la ciudad.

(1981.5) 184:2.11 Hasta el momento en que el canto del gallo lo hizo volver en sí, Pedro tan sólo pensaba, al ir y venir por el patio para entrar en calor, cuán sagazmente supo eludir las acusaciones de los criados, y cómo había frustrado sus propósitos de identificarlo con Jesús. Hasta ese momento, su único pensamiento fue que estos criados no tenían derecho moral ni legal de interrogarlo, y se congratulaba en verdad por la manera en la cual, según él, evitó ser identificado y posiblemente sometido al arresto y a la prisión. No se le ocurrió a Pedro que había negado a su Maestro, hasta el momento en que cantó el gallo. No se dio cuenta Pedro que había traicionado sus privilegios de embajador del reino, hasta el momento en que Jesús lo miró a la cara.

(1981.6) 184:2.12 Habiendo dado los primeros pasos por el camino del compromiso y de la menor resistencia, no parecía quedarle nada a Pedro sino continuar con la conducta que había elegido. Hace falta carácter magnánime y noble para retomar el camino recto después de haber empezado mal. Muchas veces la mente tiende a justificar el seguir por el camino del error después de entrar en él.

(1982.1) 184:2.13 Pedro nunca creyó del todo que podría ser perdonado hasta el momento en que volvió a encontrarse con su Maestro después de la resurrección, y se percató de que fue recibido como antes de las experiencias de esa trágica noche de negaciones.

3. Ante el Tribunal de los Sanedristas

(1982.2) 184:3.1 Eran alrededor de las tres y media de este viernes por la madrugada, cuando el sumo sacerdote, Caifás, llamó al orden al tibunal sanedrista de inquisición y pidió que Jesús fuera traído ante ellos para someterlo a juicio. En tres ocasiones previas el sanedrín, por gran mayoría de votos, había decretado la muerte de Jesús, había decidido que se merecía la muerte por acusaciones casuales de contravención a la ley, blasfemia y burla a las tradiciones de los padres de Israel.

(1982.3) 184:3.2 No era ésta una reunión regular del sanedrín y no se la celebraba en el sitio usual, la cámara de piedras labradas del templo. Era ésta una corte especial de unos treinta sanedristas y se la convocó en el palacio del sumo sacerdote. Juan Zebedeo estuvo presente con Jesús durante todo el así llamado juicio.

(1982.4) 184:3.3 ¡De qué manera se congratulaban estos altos sacerdotes, escribas, saduceos y algunos de los fariseos de que ese Jesús que había comprometido su posición y desafiado su autoridad, ya estaba de seguro en sus manos! Y estaban decididos a que no viviría para que pudiera escaparse de sus garras vengativas.

(1982.5) 184:3.4 Por lo común cuando los judíos enjuiciaban a un hombre por un delito capital, procedían con gran cautela y recurrían a las salvaguardas de la ecuanimidad en la selección de los testigos y en la conducta general del juicio. Pero en esta ocasión, Caifás fue más un acusador que un juez imparcial.

(1982.6) 184:3.5 Jesús apareció ante este tribunal vestido en su ropa usual y con las manos atadas detrás de la espalda. Todo el tribunal estaba sobresaltado y algo confuso por su aspecto majestuoso. Nunca antes habían contemplado tal donaire en un prisionero ni habían presenciado tal comportamiento en un hombre que corría el peligro de la pena de muerte.

(1982.7) 184:3.6 La ley judía requería que hubiera un acuerdo por lo menos entre dos testigos sobre cada acusación antes de que se pudiera hacer cargos contra un prisionero. Judas no podía ser usado como testigo contra Jesús, porque la ley judía prohibía específicamente el testimonio de un traidor. Se disponía de más de una veintena de falsos testigos para atestiguar contra Jesús, pero su testimonio era tan contradictorio y tan evidentemente fabricado que los sanedristas mismos mucho se avergonzaron del espectáculo. Jesús estaba allí de pie, mirando con benignidad a estos perjuros, y su aspecto mismo desconcertó a los testigos mentirosos. A lo largo de este falso testimonio el Maestro no dijo una sola palabra; no respondió a ninguna de sus muchas acusaciones falsas.

(1982.8) 184:3.7 La primera vez que dos de los testigos se acercaron por lo menos a una semblanza de acuerdo fue cuando dos hombres atestiguaron que habían oído a Jesús decir, en el curso de uno de sus sermones en el templo, que él «Derribaría este templo hecho por las manos del hombre y en tres días edificaría otro templo sin emplear las manos del hombre». Eso no era exactamente lo que dijo Jesús, aparte del hecho de que, al decir estas palabras, él señaló su propio cuerpo.

(1982.9) 184:3.8 Aunque el sumo sacerdote le gritó a Jesús: «¿No respondes a ninguna de estas acusaciones?», Jesús no abrió la boca. Permaneció allí en silencio mientras todos estos falsos testigos daban su testimonio. El odio, el fanatismo, y la exageración inescrupulosa caracterizaban de tal manera las palabras de estos perjuros que su testimonio cayó por su propio peso. La mejor refutación de estas acusaciones falsas fue el silencio calmo y majestuoso del Maestro.

(1983.1) 184:3.9 Poco después del comienzo del testimonio de los falsos testigos, llegó Anás y tomó su asiento junto a Caifás. Ahora Anás se puso de pie y argumentó que esta amenaza de Jesús de derribar el templo era suficiente para justificar tres cargos contra él:

(1983.2) 184:3.10 1. Que era un peligroso embaucador del pueblo. Que les enseñaba cosas imposibles y de otras maneras los engañaba.

(1983.3) 184:3.11 2. Que era un revolucionario fanático, porque abogaba atacar con violencia el templo sagrado, pues, ¿de qué otra manera podría él derribarlo?

(1983.4) 184:3.12 3. Que enseñaba magia puesto que prometía edificar un nuevo templo sin usar las manos del hombre.

(1983.5) 184:3.13 Ya el sanedrín en pleno había acordado que Jesús era culpable de transgresiones de la ley judía merecedoras de la pena de muerte, pero ahora más les preocupaba el asunto de hacer cargos, basados en su conducta y enseñanzas, que justificaran ante Pilato la sentencia de muerte contra su prisionero. Sabían que necesitaban el consentimiento del gobernador romano antes de poder matar a Jesús legalmente. Anás se inclinaba a proceder en una forma que hiciera aparecer que Jesús era un maestro peligroso si se le permitía que siguiera enseñando al pueblo.

(1983.6) 184:3.14 Pero Caifás ya no podía soportar la vista del Maestro de pie allí, tan compuesto y en tan absoluto silencio. Pensó que conocía por lo menos una manera de inducir al prisionero a que hablara. Por lo tanto, corrió al lado de Jesús y, sacudiendo un dedo acusador ante el rostro del Maestro, dijo: «Te suplico, en el nombre del Dios viviente, que nos digas si eres tú el Libertador, el Hijo de Dios». Jesús le contestó a Caifás: «Lo soy. Pronto iré al Padre, y dentro de poco, el Hijo del Hombre vestirá el manto del poder y nuevamente reinará sobre las huestes del cielo».

(1983.7) 184:3.15 Cuando el sumo sacerdote escuchó a Jesús pronunciar estas palabras, se airó en forma excesiva, y rasgando sus vestiduras, exclamó: «¿Qué necesidad tenemos nosotros de testigos? He aquí, ahora todos habéis oído cómo blasfema este hombre. ¿Qué os parece ahora que debemos hacer con este blasfemo que transgrede la ley?» Y todos ellos respondieron al unísono: «Es reo de muerte; ¡que sea crucificado!»

(1983.8) 184:3.16 Jesús no manifestó interés alguno en ninguna de las preguntas que le hicieron cuando estaba frente a Anás y los sanedristas, excepto la pregunta referente a su misión autootorgadora. Cuando se le preguntó si él era el Hijo de Dios, instantánea e inequívocamente contestó afirmativamente.

(1983.9) 184:3.17 Anás deseaba que el juicio prosiguiera, y que se formularan cargos de naturaleza definida sobre la relación de Jesús con la ley romana y las instituciones romanas para presentarlos posteriormente ante Pilato. Los consejeros estaban ansiosos de llevar este asunto a una rápida conclusión, no sólo porque era el día de preparación antes de la Pascua y no se podía hacer trabajo secular después del mediodía, sino también porque temían que Pilato retornara en cualquier momento a la capital romana de Judea, Cesarea, puesto que estaba en Jerusalén tan sólo para la celebración pascual.

(1983.10) 184:3.18 Pero Anás no pudo controlar el tribunal. Después de que Jesús contestara tan inesperadamente a Caifás, el sumo sacerdote se adelantó y lo abofeteó en la cara con su mano. Anás estaba verdaderamente escandalizado cuando otros miembros del tribunal, al salir del aposento, le escupieron a Jesús la cara, y muchos de ellos lo abofetearon burlonamente con la palma de la mano. Así pues, en increíble desorden y confusión, esta primera sesión del juicio sanedrista de Jesús finalizó a las cuatro y media de la mañana.

(1984.1) 184:3.19 Treinta jueces falsos, cegados por los prejuicios y la tradición, con sus falsos testigos, tienen la presunción de sentarse en juicio del justo Creador de un universo. Estos acusadores apasionados se exasperan por el silencio majestuoso y la conducta soberbia de este Dios-Hombre. Es terrible soportar su silencio; su habla es intrépidamente desafiante. No le conmueven las amenazas, los asaltos no lo afectan. El hombre enjuicia a Dios, pero aun en ese momento, él los ama y querría salvaros si pudiera.

4. La Hora de la Humillación

(1984.2) 184:4.1 La ley judía requería que, en el asunto de decretar la pena de muerte, hubiera dos sesiones del tribunal. Esta segunda sesión se celebraba el siguiente día, y el tiempo intermedio lo pasaban los miembros de la corte ayunando y apesarándose. Pero estos hombres no podían esperar el día siguiente para confirmar su decisión de que Jesús debía morir. Esperaron tan sólo una hora. Mientras tanto, Jesús fue abandonado en la sala de audiencia, bajo la custodia de los guardias del templo, quienes, con los criados del sumo sacerdote, se divirtieron en acumular toda clase de indignidades contra el Hijo del Hombre. Se burlaron de él, lo escupieron, y se mofaron de él cruelmente. Lo golpeaban con un palo en la cara y luego decían: «Profetízanos, tú el Libertador, ¿quién fue el que te golpeó?» Así siguieron por una hora entera, envileciendo y maltratando a este hombre de Galilea que no ofrecía resistencia alguna.

(1984.3) 184:4.2 Durante esta hora trágica de tribulaciones y juicios burlones a manos de guardianes y criados ignorantes y sin sentimientos, Juan Zebedeo aguardó en terror solitario en un cuarto adyacente. Cuando primero empezaron estos abusos, Jesús le indicó a Juan, con un gesto de la cabeza, que debía retirarse. El Maestro bien sabía que, si hubiera permitido que su apóstol permaneciera en el aposento presenciando estas indignidades, el resentimiento de Juan habría sido despertado de manera tal como para producir una explosión de indignación y protesta que probablemente le habría costado la vida.

(1984.4) 184:4.3 Durante esta hora terrible, Jesús no habló una sola palabra. Para este alma humana compasiva y sensible, unida en una relación de personalidad con el Dios de todo este universo, no hubo experiencia más amarga, al beber él la copa de la humillación, que esta hora espantosa a merced de guardianes y criados ignorantes y crueles, que habían sido inducidos a abusar de él por el ejemplo de los miembros de este así llamado tribunal sanedrista.

(1984.5) 184:4.4 El corazón humano no puede de manera alguna concebir el escalofrío de indignación que barrió un vasto universo, mientras las inteligencias celestiales presenciaban este espectáculo de su amado Soberano sometiéndose a la voluntad de estas criaturas ignorantes y desviadas, en la esfera de la infortunada Urantia, envuelta en las tinieblas del pecado.

(1984.6) 184:4.5 ¿Qué es esta tendencia animal en el hombre, que lo conduce a insultar y asaltar físicamente a lo que no puede ganar espiritualmente ni alcanzar intelectualmente? En el hombre civilizado a medias, aún se agazapa una malvada brutalidad que se abalanza contra los que son superiores en sabiduría y alcance espiritual. Así lo prueban la malvada brutalidad y la brutal ferocidad de estos hombres supuestamente civilizados, que derivaban cierta forma de placer animal de su ataque físico contra el Hijo del Hombre, quien no ofrecía resistencia alguna. Mientras caían sobre Jesús los insultos, golpes y bofetadas, él no se defendía, pero no estaba indefenso. Jesús no estaba derrotado, sino que no luchaba en el sentido material.

(1985.1) 184:4.6 Éstos son los momentos de las mayores victorias del Maestro en su larga y pletórica carrera como hacedor, sostenedor y salvador de un vasto y extenso universo. Habiendo vivido hasta su plenitud una vida de revelación de Dios al hombre, Jesús está, en este momento, haciendo una revelación nueva y sin precedentes del hombre a Dios. Jesús está revelando ahora a los mundos el triunfo final sobre todos los temores del aislamiento de la personalidad de la criatura. El Hijo del Hombre finalmente ha realizado su identidad como Hijo de Dios. Jesús no titubea en afirmar que él y el Padre son uno; y sobre la base del hecho y verdad de esa experiencia suprema y excelsa, él exhorta a cada creyente en el reino que se vuelva uno con él aun como él y su Padre son uno. La experiencia viva de la religión de Jesús se vuelve así la técnica certera y segura mediante la cual los mortales de la tierra, espiritualmente aislados y cósmicamente solitarios, consiguen escapar al aislamiento de la personalidad, con todas sus consecuencias de temor y sentimientos asociados de desamparo. En las realidades fraternas del reino del cielo, los hijos de Dios por fe encuentran su liberación final del aislamiento del yo, tanto en el plano personal como en el plano planetario. El creyente conocedor de Dios experimenta cada vez más el éxtasis y la grandeza de la socialización espiritual a escala universal —la ciudadanía en lo alto en asociación con la realización eterna del destino divino en pos de la obtención de la perfección.

5. La Segunda Reunión del Tribunal

(1985.2) 184:5.1 A las cinco y media de la mañana volvió a reunirse la corte, y Jesús fue conducido al cuarto adyacente, donde esperaba Juan. Aquí, el soldado romano y los guardianes del templo vigilaron a Jesús mientras el tribunal comenzó a formular los cargos que serían presentados a Pilato. Anás aclaró a sus asociados que el cargo de blasfemia no tendría peso alguno ante Pilato. Judas estuvo presente durante esta segunda reunión del tribunal, pero no dio testimonio alguno.

(1985.3) 184:5.2 Esta sesión de la corte duró tan sólo media hora, y cuando levantaron la sesión para comparecer ante Pilato, habían preparado una acusación contra Jesús, declarándolo reo de muerte, bajo tres títulos:

(1985.4) 184:5.3 1. Que era un pervertidor de la nación judía; que engañaba al pueblo y los incitaba a la rebelión.
(1985.5) 184:5.4 2. Que enseñaba al pueblo a que no pagara tributo al César.
(1985.6) 184:5.5 3. Que, al sostener que él era un rey y el fundador de un nuevo tipo de reino, incitaba a la traición contra el emperador.

(1985.7) 184:5.6 Este procedimiento fue enteramente irregular y completamente contrario a las leyes judías. No hubo dos testigos que estuvieran de acuerdo en ningún asunto, excepto los que testificaron en cuanto a la declaración de Jesús sobre la destrucción del templo y su reconstrucción en tres días. Y aun sobre este punto, no habló ningún testigo en nombre de la defensa, tampoco se le pidió a Jesús que explicara lo que él había querido significar.

(1985.8) 184:5.7 El único punto sobre el que el tribunal podría haberlo juzgado era el de la blasfemia, y eso habría sido enteramente sobre la base de su propio testimonio. Aun en cuanto a la blasfemia, no consiguieron votar formalmente la pena de muerte.

(1985.9) 184:5.8 Tenían ahora la presunción de formular tres cargos, con los cuales irían ante Pilato, sin haber interrogado testigos, y habiéndolos discutido en ausencia del prisionero. Cuando esto ocurrió, tres de los fariseos se levantaron y se fueron; querían ver a Jesús destruido, pero no querían formular cargos contra él sin testigos y en su ausencia.

(1986.1) 184:5.9 Jesús no volvió a aparecer ante la corte del sanedrín. No querían ellos contemplar nuevamente su rostro mientras juzgaban su vida inocente. Jesús no supo (como hombre) de los cargos levantados contra él hasta que los escuchó por boca de Pilato.

(1986.2) 184:5.10 Cuando Jesús estaba en el cuarto con Juan y los guardias, y mientras la corte estaba en su segunda sesión, vinieron algunas de las mujeres del palacio del sumo sacerdote, juntamente con sus amigas, para contemplar al extraño prisionero, y una de ellas le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?» Y Jesús respondió: «Si yo te lo digo, tú no me creerás; si te pregunto, no contestarás».

(1986.3) 184:5.11 A las seis de esa mañana, Jesús fue llevado fuera de la casa de Caifás, para aparecer ante Pilato para que éste confirmara la sentencia de muerte que el tribunal de los sanedristas tan injusta e irregularmente había decretado.

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