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La Ordenación De Los Setenta En Magadán

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El Libro de Urantia

Documento 163

La Ordenación de los Setenta en Magadán

(1800.1) 163:0.1 POCOS días después del retorno de Jesús y los doce a Magadán desde Jerusalén, llegaron de Belén, Abner y un grupo de unos cincuenta discípulos. En esta época, también se encontraban reunidos en el campamento de Magadán el cuerpo de evangelistas, el cuerpo de mujeres, y unos ciento cincuenta otros discípulos verdaderos y sinceros de todas partes de Palestina. Después de dedicar unos pocos días a departir con sus seguidores y a la reorganización del campamento, Jesús y los doce dieron comienzo a un curso de capacitación intensiva para este grupo especial de creyentes; de este grupo de discípulos capacitados y expertos seleccionó el Maestro posteriormente a los setenta instructores que envió para proclamar el evangelio del reino. Esta instrucción sistemática comenzó el viernes 4 de noviembre y continuó hasta el sábado 19 de noviembre.

(1800.2) 163:0.2 Jesús habló a este grupo todas las mañanas. Pedro les enseñó métodos de predicación pública. Natanael les instruyó en el arte de la enseñanza; Tomás les explicó cómo responder a las preguntas; y Mateo dirigió la organización de las finanzas del grupo. Los demás apóstoles también participaron en este trabajo de enseñanza de acuerdo con sus experiencias especiales y talentos naturales.

1. Ordenación de los Setenta

(1800.3) 163:1.1 El sábado 19 de noviembre por la tarde, en el campamento de Magadán, Jesús ordenó a los setenta y Abner fue nombrado jefe de estos predicadores e instructores del evangelio. Este cuerpo de setenta consistía en Abner y diez de los ex apóstoles de Juan, cincuenta y uno de los primeros evangelistas, y otros ocho discípulos que se habían distinguido en el servicio del reino.

(1800.4) 163:1.2 Alrededor de las dos de la tarde de este sábado, entre chaparrones de lluvia, un grupo de creyentes, aumentado por la llegada de David y de la mayoría de sus mensajeros, llegando a más de cuatrocientas personas, se reunió junto a la orilla del Lago de Galilea para presenciar la ordenación de los setenta.

(1800.5) 163:1.3 Antes de poner Jesús sus manos sobre la cabeza de cada uno de los setenta para nombrarlos mensajeros del evangelio, al dirigirles la palabra les dijo: «La cosecha es verdaderamente abundante, pero los labradores son pocos; por eso os exhorto a todos que oréis para que el Señor de la cosecha envíe aún más labradores a su cosecha. Estoy a punto de nombraros mensajeros del reino; estoy a punto de enviaros a judíos y gentiles como corderos entre los lobos. Cuando vayáis por vuestro camino, de dos en dos, os instruyo que no llevéis ni bolsa ni indumentos extra porque salís en esta primera misión por una corta temporada. No saludéis a ningún hombre por el camino, ocupaos sólo de vuestra tarea. Cuando quiera que os alojéis en un hogar, decid primero: que la paz sea con vosotros en este hogar. Si los que en él moran aman la paz, allí moraréis; si no, partiréis. Cuando hayáis seleccionado esta casa, permaneced allí durante vuestra estadía en esa ciudad, comiendo y bebiendo lo que os sirvan. Esto lo haréis porque el obrero tiene derecho a su sostén. No os trasladéis de casa en casa porque os ofrezcan mejor alojamiento. Recordad, al salir para proclamar paz sobre la tierra y buena voluntad entre los hombres, debéis luchar con enemigos amargados e insidiosos; por eso, sed tan sabios como serpientes y tan inocuos como palomas.

(1801.1) 163:1.4 «Dondequiera que vayáis, predicad diciendo, ‘el reino del cielo está cerca', y ministrad a todos los que puedan estar enfermos de mente o de cuerpo. Habéis recibido generosamente de las buenas cosas del reino; dad pues generosamente. Si el pueblo de una ciudad os recibe, encontrarán abundante entrada al reino del Padre; pero aun si el pueblo de una ciudad se niega a recibir este evangelio, proclamaréis vuestro mensaje al abandonar esa comunidad descreída, diciendo, mientras os alejáis a los que rechazan vuestras enseñanzas: ‘a pesar de que vosotros rechazáis la verdad, el reino de Dios ha estado cerca de vosotros'. El que os oye a vosotros, me oye a mí. Y el que me oye a mí, oye a Aquél que me envió. El que rechaza vuestro mensaje del evangelio, me rechaza a mí. Y el que me rechaza a mí, rechaza a Aquél que me envió.»

(1801.2) 163:1.5 Después de hablar Jesús así a los setenta, mientras se arrodillaban en un círculo a su alrededor, puso sus manos sobre la cabeza de cada uno de los hombres, comenzando con Abner.

(1801.3) 163:1.6 Al día siguiente, temprano por la mañana, Abner envió a los setenta mensajeros a todas las ciudades de Galilea, Samaria y Judea. Y estas treinta y cinco parejas salieron predicando y enseñando por unas seis semanas, retornando todos ellos al nuevo campamento cerca de Pella, en Perea, el viernes 30 de diciembre.

2. El Joven Rico y Otros

(1801.4) 163:2.1 Más de cincuenta discípulos que querían ser ordenados y nombrados miembros de los setenta fueron rechazados por el comité nombrado por Jesús para seleccionar a estos candidatos. Este comité consistía en Andrés, Abner, y el jefe del cuerpo evangelista. En todos los casos en que este comité de tres miembros no llegaba a un acuerdo unánime, llevaban al candidato ante Jesús, y aunque el Maestro no rechazó a ninguno de los que ansiaban ser ordenados mensajeros del evangelio, hubo más de una docena que, después de hablar con Jesús, ya no desearon ser mensajeros del evangelio.

(1801.5) 163:2.2 Un discípulo serio vino adonde Jesús, diciendo: «Maestro, quiero ser uno de los nuevos apóstoles, pero mi padre es muy viejo y está a punto de morir; ¿se me permitiría regresar al hogar para enterrarlo?» A este hombre le dijo Jesús: «Hijo mío, los zorros tienen guaridas y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza. Tú eres un discípulo fiel, y puedes seguir siéndolo al retornar a tu hogar y ministrar a tus seres queridos, pero eso no ocurre con los mensajeros de mi evangelio. Ellos lo han abandonado todo para seguirme y proclamar el reino. Si quieres ser ordenado instructor, debes dejar que otros entierren a los muertos, mientras tú sales para difundir la buena nueva». Y este hombre se alejó, grandemente desilusionado.

(1801.6) 163:2.3 Otro discípulo vino ante el Maestro y dijo: «Quisiera ser ordenado mensajero, pero quisiera ir a mi casa por un corto período para consolar a mi familia». Jesús replicó: «Si quieres ser ordenado, debes estar dispuesto a abandonarlo todo. Los mensajeros del evangelio no pueden tener afectos divididos. Ningún hombre que habiendo puesto la mano en el arado se vuelve atrás, es merecedor de ser mensajero del reino».

(1801.7) 163:2.4 Entonces trajo Andrés ante Jesús a cierto joven rico que era un creyente devoto y que deseaba recibir la ordenación. Este joven, Matadormo, era miembro del sanedrín de Jerusalén; había escuchado a Jesús enseñar y posteriormente había sido instruido en el evangelio del reino por Pedro y los demás apóstoles. Jesús habló con Matadormo sobre los requisitos de la ordenación y le solicitó que pospusiera la decisión hasta después de haber reflexionado más plenamente sobre el asunto. Temprano por la mañana siguiente, cuando Jesús salía a caminar, este joven se le acercó y dijo: «Maestro, quisiera saber de ti la seguridad de la vida eterna. Puesto que he observado todos los mandamientos desde mi juventud, quisiera saber, ¿qué más debo hacer para ganar vida eterna?» En respuesta a esta pregunta, Jesús dijo: «Si cumples con todos los mandamientos —no cometes adulterio, no matas, no robas, no das falso testimonio, no engañas, honras a tu padre y a tu madre— haces bien, pero la salvación es la recompensa de la fe, no sólo de las obras. ¿Crees tú en este evangelio del reino?» Y Matadormo contestó: «Sí, Maestro, creo todo lo que tú y tus apóstoles me han enseñado». Jesús dijo: «Entonces, tú eres de veras mi discípulo y un hijo del reino».

(1802.1) 163:2.5 Entonces dijo el joven: «Pero, Maestro, no me conformo con ser tu discípulo; quiero ser uno de tus nuevos mensajeros». Cuando Jesús escuchó esto, lo contempló con gran amor y dijo: «Te haré uno de mis mensajeros si estás dispuesto a pagar el precio, si pudieras proveer la única cosa que te falta». Matadormo respondió: «Maestro, haré lo que sea si se me permite que te siga». Jesús, besando en la frente al joven arrodillado, dijo: «Si quieres ser mi mensajero, vete y vende todo lo que tienes y, después de donar el producto a los pobres o a tus hermanos, ven y sígueme y tendrás tesoro en el reino del cielo».

(1802.2) 163:2.6 Cuando Matadormo oyó estas palabras, su rostro se alteró. Se levantó y se alejó apenado, porque tenía grandes posesiones. Este rico joven fariseo había sido criado en la creencia de que la riqueza era símbolo del favor de Dios. Jesús sabía que no estaba él libre del amor de sí mismo y de sus riquezas. El Maestro quería liberarlo del amor a la riqueza, no necesariamente de la riqueza misma. Aunque los discípulos de Jesús no abandonaban sus bienes mundanos, los apóstoles y los setenta sí lo hacían. Matadormo deseaba ser uno de los setenta nuevos mensajeros, y por ese motivo Jesús le pedía que abandonara todas sus posesiones temporales.

(1802.3) 163:2.7 Casi todos los seres humanos temen particularmente desprenderse de algún vicio malo para ellos predilecto, pero el ingreso al reino del cielo lo requiere como parte del precio de entrada. Si Matadormo hubiera abandonado su riqueza, probablemente ésta habría sido colocada nuevamente en sus manos para que la administrara como tesorero de los setenta. Aunque más adelante, después del establecimiento de la iglesia en Jerusalén, sí obedeció la exhortación del Maestro, si bien ya era demasiado tarde para entrar a formar parte de los setenta, y fue el tesorero de la iglesia de Jerusalén, de la cual Santiago, el hermano del Señor en la carne, era el jefe.

(1802.4) 163:2.8 Así pues, siempre fue y por siempre será: los hombres deben tomar su propia decisión. Existe cierta gama de libertad de selección que los mortales pueden ejercer. Las fuerzas del mundo espiritual no obligan al hombre; le permiten tomar el camino de su elección.

(1802.5) 163:2.9 Jesús preveía que Matadormo, con sus riquezas, no podía de ninguna manera ser ordenado en asociación de hombres que lo habían abandonado todo por el evangelio; al mismo tiempo, veía que, sin sus riquezas, podría ser el líder máximo de todos ellos. Pero, como los propios hermanos de Jesús, nunca fue importante en el reino porque se privó de esa asociación íntima y personal con el Maestro lo cual sí podría haber sido su experiencia si hubiera estado dispuesto en ese momento a hacer lo que Jesús le pedía y que, varios años después, en efecto hizo.

(1803.1) 163:2.10 La riqueza nada tiene que ver directamente con el ingreso en el reino del cielo, pero el amor por la riqueza, sí. Las lealtades espirituales del reino son incompatibles con la servidumbre a los ídolos materialistas. El hombre no puede compartir su leal-tad suprema a un ideal espiritual con una devoción material.

(1803.2) 163:2.11 Jesús nunca enseñó que fuera erróneo poseer riquezas. Sólo pidió que los doce y los setenta dedicaran todas sus posesiones mundanas a la causa común. Aun entonces, permitió la liquidación de las propiedades de ellos con ganancia, como en el caso del apóstol Mateo. Jesús muchas veces asesoró a sus discípulos de buena posición así como había enseñado al rico en Roma. El Maestro consideraba la inversión sabia de las ganancias en exceso de las necesidades como una forma legítima de seguro contra adversidades futuras e inevitables. Cuando el tesoro apostólico estaba lleno, Judas puso fondos en depósito para ser usados posteriormente, cuando sufrieran necesidades debido a la disminución de los ingresos. Esto lo hizo Judas después de consultar con Andrés. Jesús nunca tuvo nada que ver personalmente con las finanzas apostólicas excepto en casos de desembolsos caritativos. Pero había un abuso económico que muchas veces condenó, y ese era la explotación injusta de los débiles, ignorantes y menos afortunados entre los hombres, por parte de sus semejantes más fuertes, sagaces e inteligentes. Jesús declaró que ese tratamiento inhumano de hombres, mujeres y niños era incompatible con los ideales de la hermandad del reino del cielo.

3. La Discusión Sobre la Riqueza

(1803.3) 163:3.1 Cuando Jesús terminó de hablar con Matadormo, Pedro y algunos de los apóstoles se habían reunido a su alrededor, y al partir el rico joven, Jesús se volvió para enfrentarse con los apóstoles y dijo: «¡Veis cuán difícil es para los que tienen riquezas entrar de lleno en el reino de Dios! La adoración espiritual no puede ser compartida con las devociones materiales; ningún hombre puede servir a dos amos. Tenéis un dicho de que ‘es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que los paganos hereden la vida eterna'. Y yo os declaro que es más fácil para ese camello pasar por el ojo de la aguja, que para estos ricos autosatisfechos entrar al reino del cielo».

(1803.4) 163:3.2 Cuando Pedro y los apóstoles oyeron estas palabras, se quedaron extremadamente sorprendidos, tanto que Pedro dijo: «¿Quién pues, Señor, puede ser salvado? ¿Es que todos los que tienen riquezas deberán ser excluidos del reino?» Jesús replicó: «No, Pedro, pero todos los que pongan su confianza en las riquezas difícilmente podrán entrar en la vida espiritual que conduce al progreso eterno. Pero aun entonces, mucho de lo que es imposible para el hombre, no está más allá del alcance del Padre en el cielo; más bien deberíamos reconocer que con Dios todo es posible».

(1803.5) 163:3.3 Cada cual se fue por su lado y Jesús lamentó que Matadormo no permaneciera con ellos porque lo amaba grandemente. Cuando bajaron al lago, se sentaron junto al agua y Pedro, hablando por lo doce (que estaban todos presentes en ese momento), dijo: «Nos preocupan tus palabras al joven rico. ¿Debemos pedir a los que quieran seguirte que abandonen sus riquezas mundanas?» Jesús dijo: «No, Pedro, sólo los que quieren ser apóstoles, y los que desean vivir conmigo como vosotros lo hacéis y como una familia. Pero el Padre requiere que el afecto de sus hijos sea puro y total. Cualquier cosa o persona que se entrometa entre vosotros y el amor de las verdades del reino debe ser abandonada. Si la riqueza no invade los precintos del alma, no tiene consecuencia alguna en la vida espiritual de los que quieran entrar en el reino».

(1804.1) 163:3.4 Entonces dijo Pedro: «Pero, Maestro, nosotros lo hemos abandonado todo para seguirte, ¿qué tendremos nosotros?» Y Jesús les dijo a los doce: «De cierto, de cierto os digo, no hay hombre que haya abandonado riqueza, hogar, esposa, hermanos, padres o hijos por mí y por el reino del cielo que no reciba muchas veces más en este mundo —tal vez con algunas persecuciones— y en el mundo venidero, la vida eterna. Pero muchos que ahora son los primeros, serán los últimos, mientras que los últimos, frecuentemente, serán los primeros. El Padre trata a sus criaturas de acuerdo con las necesidades de ellas y en obediencia a sus leyes justas de consideración misericordiosa y amante por el bienestar del universo.

(1804.2) 163:3.5 «El reino del cielo es como un amo que empleaba a muchos hombres, y que salió temprano por la mañana para contratar obreros para que trabajaran en su viña. Después de acordar con los trabajadores que les pagaría un denario por día, los mandó a las viñas. Entonces salió a eso de las nueve, y viendo a otros obreros parados ociosos en el mercado, les dijo: ‘id vosotros también a trabajar en mi viña y lo que sea justo os pagaré'. Y se fueron inmediatamente a trabajar. Nuevamente salió a eso de las doce y a eso de las tres e hizo lo mismo. Yendo al mercado alrededor de las cinco de la tarde, encontró aún otros obreros parados ociosamente, y les preguntó, ‘¿por qué estáis ociosos todo el día?’ Los hombres contestaron, ‘porque nadie nos ha empleado'. Entonces dijo el amo: ‘id vosotros también a trabajar en mi viña, y lo que sea justo os pagaré'.

(1804.3) 163:3.6 «Cuando llegó la noche, el amo de la viña dijo a su asistente: ‘llama a los trabajadores y págales su jornal, empezando por los últimos empleados y terminando con los primeros'. Cuando los que habían sido empleados a eso de las cinco llegaron, recibieron un denario cada uno y así fue con cada uno de los otros trabajadores. Cuando los hombres que fueron contratados al principio del día vieron como se les retribuía a los que habían llegado más tarde, esperaban recibir más que el monto acordado. Pero como los otros, cada hombre recibió tan sólo un denario. Y cuando cada uno hubo recibido su paga, se quejaron al amo, diciendo: ‘Estos hombres que fueron empleados de último trabajaron sólo una hora, sin embargo les has pagado lo mismo que a nosotros que hemos llevado la carga todo el día bajo el sol abrasador'.

(1804.4) 163:3.7 «Entonces contestó el amo: ‘Amigos míos, no cometo ninguna injusticia. ¿Acaso no acordasteis trabajar por un denario por día? Tomad pues lo que es vuestro e id por vuestro camino porque es mi deseo dar a los que llegaron de último tanto como os he dado a vosotros. ¿Acaso no está permitido por la ley que haga lo que quiera con lo mío? ¿Acaso os resentís por mi generosidad, porque deseo hacer el bien y mostrar misericordia?'»

4. La Despedida de los Setenta

(1804.5) 163:4.1 El día que salieron los setenta en su primera misión fue una ocasión emocionante en el campamento de Magadán. Temprano por la mañana, en su última conversación con los setenta, Jesús hizo hincapié sobre lo siguiente:

(1804.6) 163:4.2 1. El evangelio del reino debe ser proclamado a todo el mundo, tanto a los gentiles como a los judíos.

(1804.7) 163:4.3 2. Al ministrar a los enfermos, no les enseñéis a esperar milagros.

(1805.1) 163:4.4 3. Proclamad una hermandad espiritual de los hijos de Dios, no un reino material de poder mundano y gloria temporal.

(1805.2) 163:4.5 4. Procurad no perder el tiempo en excesivas interacciones sociales y otras trivialidades que puedan desmerecer vuestra devoción total a la predicación del evangelio.

(1805.3) 163:4.6 5. Si la primer casa que seleccionéis como centro de operaciones es un hogar digno, morad allí durante toda vuestra estadía en esa ciudad.

(1805.4) 163:4.7 6. Aclarad a todos los creyentes fieles que ya ha llegado el momento de una ruptura completa con los líderes religiosos de los judíos de Jerusalén.

(1805.5) 163:4.8 7. Enseñad que el deber total del hombre se resume en este solo mandamiento: Ama al Señor tu Dios con toda tu mente y alma, y a tu prójimo como a ti mismo. (Esto debían ellos enseñar como deber completo del hombre, en lugar de las 613 reglas del vivir expuestas por los fariseos.)

(1805.6) 163:4.9 Cuando Jesús hubo hablado así a los setenta en presencia de todos los apóstoles y discípulos, Simón Pedro se los llevó consigo y les predicó su sermón de ordenación, que era una elaboración del encargo del Maestro dado en el momento en que él puso las manos sobre la cabeza de cada uno de ellos y los nombró mensajeros del reino. Pedro exhortó a los setenta a que estimaran en su experiencia las siguientes virtudes:

(1805.7) 163:4.10 1. La devoción consagrada. Orar constantemente para que se envíen más trabajadores a la cosecha del evangelio. Explicó que, cuando así se ora, es más probable que uno diga: «Aquí estoy; envíame». Los exhortó a que no olvidaran su adoración diaria.

(1805.8) 163:4.11 2. El coraje verdadero. Les advirtió que encontrarán hostilidades y con seguridad serían perseguidos. Pedro les dijo que su misión no era para cobardes y les advirtió que los que tuvieran miedo se separaran antes de empezar. Pero nadie se separó.

(1805.9) 163:4.12 3. La fe y la confianza. Debían salir en esta corta misión sin provisiones algunas; debían confiar en que el Padre los proveería con comida, techo, y demás cosas necesarias.

(1805.10) 163:4.13 4. El celo y la iniciativa. Debían estar poseídos de celo y entusiasmo inteligente. Debían ocuparse estrictamente de los asuntos de su Maestro. La forma oriental de saludar constituía una ceremonia prolongada y elaborada; por consiguiente, se les había instruido que «no saludaran a nadie por el camino», lo que comúnmente era el método usado para decir que se ocupara uno de su tarea sin perder el tiempo. Nada tenía que ver esto con un saludo cordial.

(1805.11) 163:4.14 5. La gentileza y la cortesía. El Maestro les había instruido que evitaran pérdidas de tiempo innecesarias en ceremonias sociales, pero les ordenó cortesía hacia todos aquellos con los que se encontraran. Debían mostrar trato cordial para con los que los recibían en su hogar. Tenían estricta advertencia contra abandonar un hogar modesto en favor de uno más cómodo o de mayor influencia social.

(1805.12) 163:4.15 6. El ministerio a los enfermos. Pedro encargó a los setenta que buscaran a los enfermos de mente y cuerpo e hicieran todo lo posible para aliviar o curar sus enfermedades.

(1805.13) 163:4.16 Después de haber recibido pues el cometido y las instrucciones, partieron, de dos en dos, a su misión en Galilea, Samaria y Judea.

(1806.1) 163:4.17 Aunque los judíos tenían un respeto especial por el número setenta, considerando a veces que las naciones de paganismo sumaban setenta, y aunque estos setenta mensajeros debían llevar el evangelio a todos los pueblos, aun así, por lo que nosotros podemos discernir, fue tan sólo una coincidencia que este grupo estuviera constituido por setenta personas. Es indudable que Jesús hubiera aceptado a no menos de media docena más, pero ellos no estaban dispuestos a pagar el precio de abandonar riqueza y familia.

5. El Traslado del Campamento a Pella

(1806.2) 163:5.1 Ahora, Jesús y los doce se prepararon para establecer su último centro de operaciones en Perea, cerca de Pella, donde el Maestro había sido bautizado en el Jordán. Los últimos diez días de noviembre transcurrieron en concilio en Magadán, y el martes 6 de diciembre, todo el grupo de casi trescientos partió al amanecer, con todos sus efectos, para pasar la noche cerca de Pella, junto al río. Fue éste el mismo lugar donde, cerca del manantial, Juan el Bautista estableció su campamento años atrás.

(1806.3) 163:5.2 Después de levantarse el campamento de Magadán, David Zebedeo retornó a Betsaida y comenzó inmediatamente a reducir su servicio de mensajeros. El reino estaba entrando en una nueva fase. Diariamente llegaban peregrinos de todas partes de Palestina y aun de otras regiones remotas del imperio romano. Venían ocasionalmente creyentes de Mesopotamia y de las tierras al este del Tigris. Por consiguiente, el domingo 18 de diciembre, David con la ayuda de su cuerpo de mensajeros, cargó los enseres del campamento sobre los animales de carga; estos enseres provenían del anterior campamento junto al lago de Betsaida y que hasta entonces se habían guardado en la casa de su padre. Despidiéndose de Betsaida por el momento, procedió hacia el sur por la orilla del lago y a lo largo del Jordán hasta cierto punto situado a aproximadamente un kilómetro al norte del campamento apostólico; y en menos de una semana estaba preparado para ofrecer hospitalidad a casi mil quinientos peregrinos. El campo apostólico podía alojar a unos quinientos. Era ésta la temporada de lluvias en Palestina, y se necesitaba este refugio para el número de interesados en constante aumento, en su mayoría sinceros, que venían a Perea para ver a Jesús y escuchar sus enseñanzas.

(1806.4) 163:5.3 David hizo todo esto de su propia iniciativa, a pesar de que se había asesorado con Felipe y Mateo en Magadán. Colocó la mayor parte de su cuerpo anterior de mensajeros como asistentes para la administración de este campamento; en este momento, utilizaba menos de veinte hombres en servicios regulares de mensajeros. Cerca de fines de diciembre y antes del retorno de los setenta, casi ochocientos visitantes estaban reunidos alrededor del Maestro, y encontraron alojamiento en el campamento de David.

6. El Retorno de los Setenta

(1806.5) 163:6.1 El viernes 30 de diciembre, mientras Jesús se había retirado a las colinas cercanas con Pedro, Santiago y Juan, los setenta mensajeros iban llegando al centro de operaciones de Pella en parejas, acompañados por numerosos creyentes. A eso de las cinco de la tarde, estaban los setenta reunidos en el sitio dedicado a la enseñanza, cuando Jesús retornó al campamento. La cena se postergó más de una hora mientras estos entusiastas del evangelio del reino relataban sus experiencias. Ya los mensajeros de David habían traído a los apóstoles muchas de estas noticias durante las semanas anteriores, pero fue realmente inspirador escuchar a estos instructores del evangelio recientemente ordenados relatar personalmente de qué manera recibían su mensaje los judíos y gentiles hambrientos de verdad. Por fin Jesús pudo ver que los hombres salían y difundían la buena nueva sin su presencia personal. El Maestro supo entonces que podía dejar este mundo sin dificultar seriamente el progreso del reino.

(1807.1) 163:6.2 Cuando los setenta relataron que «hasta los diablos se sometían» a ellos, se referían a las extraordinarias curas que pudieron realizar en distintos casos de víctimas de trastornos nerviosos. Sin embargo, hubo algunos casos de verdadera posesión de los espíritus, que estos ministros habían aliviado, y refiriéndose a éstos, Jesús dijo: «No es extraño que estos desobedientes espíritus menores se sometan a vosotros, puesto que yo vi a Satanás caer del cielo como un rayo. Pero no os regocijéis tanto por este asunto porque yo os declaro que, en cuanto yo vuelva a mi Padre, enviaremos nuestro espíritu a la mente misma de los hombres para que ya no puedan estos pocos espíritus perdidos penetrar la mente de los mortales desafortunados. Me regocijo con vosotros de que tengáis poder con los hombres, pero no os sintáis entusiastas por esta experiencia, sino que más bien debéis regocijaros de que vuestros nombres estén inscritos en las listas del cielo, y que así iréis vosotros hacia adelante en la carrera sin fin de la conquista espiritual».

(1807.2) 163:6.3 Y fue en este momento, poco antes de compartir la cena, en que Jesús experimentó uno de esos raros momentos de éxtasis emocional que sus seguidores ocasionalmente presenciaron. Dijo: «Yo te agradezco, Padre mío, Señor del cielo y de la tierra, que, aunque este maravilloso evangelio se ocultaba de los sabios y de los hipócritas, el espíritu ha revelado estas glorias espirituales a estos hijos del reino. Sí, Padre mío, debe ser de tu agrado hacer esto, y me regocijo de saber que la buena nueva se extenderá a todo el mundo aun después de que yo haya vuelto a ti y a la obra que me has encomendado. Me emociona profundamente percatarme que estás a punto de entregar toda autoridad en mis manos, que sólo tú sabes en realidad quién soy yo, que sólo yo realmente te conozco, y aquellos a quienes yo te he revelado. Y cuando haya completado esta revelación a mis hermanos en la carne, continuaré revelándola a tus criaturas en lo alto».

(1807.3) 163:6.4 Después de hablar así Jesús al Padre, se apartó para hablar con sus apóstoles y ministros: «Benditos sean los ojos que ven y los oídos que oyen estas cosas. Dejadme deciros que muchos profetas y muchos de los grandes hombres de eras pasadas desearon contemplar lo que vosotros veis ahora, pero no les fue otorgado. Y muchas generaciones venideras de hijos de la luz, cuando oigan de estas cosas, os envidiarán a vosotros que las habéis oído y visto».

(1807.4) 163:6.5 Luego, hablando a todos los discípulos, dijo: «Habéis oído cuántas ciudades y aldeas han recibido la buena nueva del reino, y de qué manera fueron recibidos mis ministros e instructores tanto por los judíos como por los gentiles. De veras son benditas estas comunidades que han elegido creer el evangelio del reino. Pero, ¡ay de los habitantes de Corazín, Betsaida-Julias y Capernaum!, que rechazan la luz, ¡ay de las ciudades que no recibieron bien a estos mensajeros! Yo declaro que si las obras poderosas hechas en estos lugares hubieran sido hechas en Tiro y Sidón, el pueblo de estas ciudades así llamadas paganas se habría arrepentido inmediatamente y vestiría túnica de penitente. Será por cierto más tolerable para Tiro y Sidón en el día del juicio.»

(1807.5) 163:6.6 Siendo el día siguiente sábado, Jesús se apartó con los setenta y les dijo: «En verdad me regocijé con vosotros cuando volvisteis trayendo buenas noticias de la recepción del evangelio del reino por parte de tanta gente en toda Galilea, Samaria y Judea. Pero, ¿por qué estabais vosotros tan sorprendentemente exaltados? ¿Acaso no anticipabais que vuestro mensaje sería poderoso en su manifestación? ¿Es que salisteis con tan poca fe en este evangelio que cuando regresasteis os sorprendió su eficacia? Ahora bien, aunque no quisiera ahogar vuestro espíritu de regocijo, deseo advertiros severamente contra las insidias del orgullo, del orgullo espiritual. Si podéis comprender la caída de Lucifer, el inicuo, rechazaréis solemnemente todo tipo de orgullo espiritual.

(1808.1) 163:6.7 «Habéis ingresado en esta gran tarea de enseñar al hombre mortal que él es hijo de Dios. Os he mostrado el camino; salid y haced vuestro deber y no os canséis de hacer el bien. A vosotros y a todos los que sigan vuestras huellas a través de las edades, dejadme deciros: Yo siempre estoy cerca, y mi llamado es y por siempre será: Acudid a mí, todos vosotros que laboráis y lleváis la pesada carga, y yo os daré descanso. Someteos a mi yugo y aprended de mí, porque soy fiel y leal, y encontraréis descanso espiritual para vuestra alma».

(1808.2) 163:6.8 Comprobaron la verdad de las palabras del Maestro cuando pusieron a prueba sus promesas. Y desde ese día, incontables millares también han probado y comprobado la veracidad de esas promesas.

7. La Preparación para la Última Misión

(1808.3) 163:7.1 Los días inmediatos subsiguientes estuvieron muy atareados en el campamento de Pella; se estaban completando las preparaciones para la misión de Perea. Jesús y sus asociados estaban a punto de emprender su última misión, la gira de tres meses por toda Perea, que tan sólo terminó cuando el Maestro entró a Jerusalén para llevar a cabo su labor final en la tierra. A lo largo de este período, el centro de operaciones de Jesús y los doce apóstoles se mantuvo aquí en el campamento de Pella.

(1808.4) 163:7.2 Ya no era necesario que Jesús saliera para enseñar al pueblo. Ahora, la gente acudía a él, más numerosa cada semana, de todas partes, no sólo de Palestina sino de todo el mundo romano y del cercano oriente. Aunque el Maestro participó con los setenta en la gira de Perea, pasó mucho de su tiempo en el campamento de Pella, enseñando a las multitudes e instruyendo a los doce. A lo largo de este período de tres meses, por lo menos diez de los apóstoles permanecieron con Jesús.

(1808.5) 163:7.3 El cuerpo de mujeres también se preparó para salir, de dos en dos, con los setenta para laborar en las ciudades más grandes de Perea. Este grupo original de doce mujeres recientemente había entrenado a un cuerpo mayor de cincuenta mujeres en la tarea de visitar hogares y en el arte de ministrar a los enfermos y a los afligidos. Perpetua, la esposa de Simón Pedro, se unió a esta nueva división del cuerpo de mujeres y le fue confiado el liderazgo del trabajo de las mujeres, bajo la dirección de Abner. Después de Pentecostés, ella permaneció con su ilustre marido, acompañándolo en todas sus giras misioneras; y el día en que Pedro fue crucificado en Roma, ella fue arrojada a las bestias en la arena. Este nuevo cuerpo de mujeres también contaba entre sus miembros con las esposas de Felipe y Mateo y con la madre de Santiago y Juan.

(1808.6) 163:7.4 El trabajo del reino estaba por ingresar en su fase final bajo el liderazgo personal de Jesús. Y esta fase se caracterizó por su profundidad espiritual en contraste con las de los pasados días de popularidad en Galilea, llenas de multitudes buscadoras de milagros y portentos que seguían al Maestro. Sin embargo, aún había entre sus seguidores gran número de personas que se preocupaban de los bienes materiales, que no llegaron a captar la verdad de que el reino del cielo es la hermandad espiritual del hombre fundada en el hecho eterno de la paternidad universal de Dios.

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