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El Último Discurso En El Templo

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El Libro de Urantia

Documento 175

El Último Discurso en el Templo

(1905.1) 175:0.1 POCO después de las dos de la tarde de este martes, Jesús, acompañado por once apóstoles, José de Arimatea, los treinta griegos, y algunos discípulos específicos, llegó al templo y pronunció su último sermón en los patios del edificio sagrado. El propósito de este discurso era el dar su último llamado al pueblo judío y la acusación final contra los enemigos vehementes que buscaban su destrucción: los escribas, los fariseos, los saduceos y los líderes principales de Israel. A lo largo de la mañana, varios grupos habían tenido la oportunidad de hacer preguntas a Jesús; esta tarde, nadie le preguntó nada.

(1905.2) 175:0.2 Cuando el Maestro comenzó a hablar, el patio del templo estaba silencioso y ordenado. Los cambistas de dinero y los mercaderes no se habían atrevido a volver a entrar al templo después de haber sido echados el día anterior por Jesús y una multitud tumultuosa. Antes de comenzar el discurso, Jesús miró tiernamente a este público que tan pronto escucharía su discurso de despedida, su mensaje de misericordia a la humanidad combinado con la última denuncia de los falsos maestros y los fanáticos líderes de los judíos.

1. El Discurso

(1905.3) 175:1.1 «He estado con vosotros este largo tiempo, yendo y viniendo por la tierra proclamando el amor del Padre por los hijos de los hombres, y muchos han visto la luz y, por la fe, han entrado al reino del cielo. En relación con esta enseñanza y predicación, el Padre ha hecho muchas obras maravillosas, aun hasta la resurrección de los muertos. Muchos enfermos y afligidos han sido curados porque han creído; pero toda esta proclamación de verdad y curación de las enfermedades no abrió los ojos de los que se niegan a ver la luz, los que están decididos a rechazar este evangelio del reino.

(1905.4) 175:1.2 «De toda forma posible, que esté de acuerdo con el hacer la voluntad de mi Padre, yo y mis apóstoles nos hemos esforzado por vivir en paz con nuestros hermanos, por conformar con los requisitos razonables de las leyes de Moisés y de las tradiciones de Israel. Hemos persistentemente buscado la paz, pero los líderes de Israel no lo quieren así. Al rechazar la verdad de Dios y la luz del cielo, se están aliando con el error y con las tinieblas. No puede haber paz entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, entre la verdad y el error.

(1905.5) 175:1.3 «Muchos de vosotros os habéis atrevido a creer en mis enseñanzas y ya habéis entrado en la felicidad y libertad de la conciencia de la filiación de Dios. Y atestiguaréis que he ofrecido esta misma filiación de Dios a toda la nación judía, aun a aquellos mismos hombres que ahora buscan mi destrucción. Aun ahora mi Padre recibiría a estos maestros cegados y a estos líderes hipócritas si tan sólo se volvieran a él y aceptaran su misericordia. Aun ahora no es demasiado tarde para que reciba esta gente la palabra del cielo y dé la bienvenida al Hijo del Hombre.

(1906.1) 175:1.4 «Mi Padre ha tratado por mucho tiempo con misericordia a esta gente. Generación tras generación enviamos nuestros profetas para enseñarles y advertirles, y generación tras generación ellos mataron a estos maestros enviados por el cielo. Y ahora, vuestros obstinados altos sacerdotes y vuestros potentados testarudos siguen haciendo la misma cosa. Así como Herodes ocasionó la muerte de Juan, vosotros del mismo modo os preparáis para destruir al Hijo del Hombre.

(1906.2) 175:1.5 «Hasta tanto haya una posibilidad de que los judíos se vuelvan a mi Padre y busquen la salvación, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob mantendrá tendidas sus manos de misericordia hacia vosotros; pero cuando ya hayáis llenado vuestra copa de impenitencia, y cuando ya hayáis rechazado finalmente la misericordia de mi Padre, esta nación será abandonada a sus propias luces, y rápidamente caerá en un fin ignominioso. Este pueblo fue llamado para ser la luz del mundo, para mostrar la gloria espiritual de una raza conocedora de Dios, pero tanto os habéis alejado del cumplimiento de vuestros privilegios divinos que vuestros líderes están a punto de cometer la suprema locura de todos los tiempos, porque están por rechazar finalmente el don de Dios a todos los hombres y a todos los tiempos —la revelación del amor del Padre en el cielo por todas sus criaturas en la tierra.

(1906.3) 175:1.6 «Una vez que rechacéis esta revelación de Dios al hombre, el reino del cielo será entregado a otros pueblos, a aquellos que lo reciban con regocijo y felicidad. En nombre del Padre que me envió, yo os advierto solemnemente que estáis a punto de perder vuestra posición en el mundo como abanderados de la verdad eterna y custodios de la ley divina. Estoy en este momento ofreciéndoos vuestra última oportunidad de presentaros y arrepentiros para significar vuestra intención de buscar a Dios con todo vuestro corazón y de entrar, como niños y por la fe sincera, en la seguridad y salvación del reino del cielo.

(1906.4) 175:1.7 «Mi Padre por mucho tiempo ha laborado por vuestra salvación, y yo he descendido para vivir entre vosotros y mostraros personalmente el camino. Muchos, tanto entre los judíos como entre los samaritanos, y aun entre los gentiles, han creído el evangelio del reino, pero los que deberían ser los primeros en adelantarse y aceptar la luz del cielo se han negado repetidamente a creer la revelación de la verdad de Dios: Dios revelado en el hombre y el hombre elevado a Dios.

(1906.5) 175:1.8 «Esta tarde mis apóstoles están aquí ante vosotros en silencio, pero pronto oiréis sus voces resonando con el llamado a la salvación y con la admonición de uniros con el reino celestial como hijos del Dios vivo. Ahora pues, llamo a testimonio a estos, mis discípulos y creyentes en el evangelio del reino, así como también a los mensajeros invisibles a su lado, de que una vez más he ofrecido a Israel y a sus dirigentes, liberación y salvación. Pero todos vosotros contempláis cómo la misericordia del Padre es despreciada y cómo son rechazados los mensajeros de la verdad. Sin embargo, os advierto que estos escribas y fariseos aún están sentados en el trono de Moisés, y por lo tanto, hasta que los Altísimos que gobiernan en los reinos de los hombres sobrecojan finalmente esta nación y destruyan el sitio de estos potentados, yo os exhorto a que cooperéis con estos ancianos de Israel. No se os requiere que os unáis con ellos en sus planes de destrucción del Hijo del Hombre, pero en todo lo que se relaciona con la paz de Israel, debéis someteros a ellos. En todos estos asuntos, haced lo que ellos os ordenan y cumplid con la esencia de la ley, pero no sigáis el ejemplo de sus malas obras. Recordad, éste es el pecado de estos gobernantes: Que dicen lo que es bueno, pero no lo hacen. Bien sabéis cómo estos líderes echan pesadas cargas sobre vuestros hombros, cargas difíciles de llevar, pero no están dispuestos ni de levantar un dedo para ayudaros a vosotros que lleváis cargas tan pesadas. Os han oprimido con ceremonias y esclavizado con tradiciones.

(1907.1) 175:1.9 «Además, estos gobernantes egocéntricos se deleitan en hacer sus buenas obras para ser vistos por los hombres. Agrandan sus filaterías y ensanchan los bordes de su manto oficial. Anhelan los sitios principales en los festines y demandan las sillas de honor en las sinagogas. Codician las salutaciones laudatorias en las plazas públicas y quieren que todos los llamen rabinos. Aun mientras buscan ser así honrados por los hombres, en secreto se apoderan de las casas de las viudas y sacan provecho de los servicios del templo sagrado. Estos hipócritas oran pretenciosa y prolongadamente en público y dan limosna para atraer la atención de sus semejantes.

(1907.2) 175:1.10 «Aunque vosotros debéis honrar a vuestros dirigentes y reverenciar a vuestros maestros, no debéis llamar Padre a ningún hombre en el sentido espiritual, porque hay uno solo que es vuestro Padre, aun Dios. No tratéis tampoco de dominar a vuestros hermanos en el reino. Recordad, os he enseñado que el que quiere ser más grande entre vosotros debe ser el siervo de todos. Si presumís exaltaros ante Dios, con certeza seréis humillados; pero los que verdaderamente se humillan, serán con certeza exaltados. Buscad en vuestra vida diaria, no la autoglorificación, sino la gloria de Dios. Someted inteligentemente vuestra propia voluntad a la voluntad del Padre en el cielo.

(1907.3) 175:1.11 «No interpretéis mal mis palabras. No tengo malicia alguna contra los altos sacerdotes y los potentates que aun en este momento buscan mi destrucción; no tengo mala voluntad contra estos escribas y fariseos que rechazan mis enseñanzas. Yo sé que muchos de vosotros creen en secreto, y sé que profesaréis abiertamente vuestra lealtad al reino cuando llegue mi hora. Pero, ¿cómo podrán justificarse vuestros rabinos que profesan hablar con Dios y tienen la presunción de rechazar y destruir a aquél que viene para revelar al Padre a los mundos?

(1907.4) 175:1.12 «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Queréis cerrar las puertas del reino del cielo a los hombres sinceros, tan sólo porque ignoran los caminos de vuestra enseñanza. Os negáis a entrar en el reino y al mismo tiempo hacéis todo lo que podéis para prevenir que entren todos los demás. Estáis de pie dándole la espalda a las puertas de la salvación y peleáis con los que quieren entrar.

(1907.5) 175:1.13 «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas que sois! Porque en verdad recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, no os conformáis hasta hacerle dos veces peor de lo que era como hijo de los paganos.

(1907.6) 175:1.14 «¡Ay de vosotros, altos sacerdotes y rectores que os apropiáis de los bienes de los pobres y demandáis onerosos impuestos de los que quieren servir a Dios como piensan que ordenó Moisés! Vosotros que os negáis a mostrar misericordia, ¿podéis esperar misericordia en los mundos venideros?

(1907.7) 175:1.15 «¡Ay de vosotros, falsos maestros, guías ciegos! ¿Qué se puede esperar de una nación cuando los ciegos conducen a los ciegos? Ambos tropezarán y caerán al abismo de la destrucción.

(1907.8) 175:1.16 «¡Ay de vosotros que disimuláis al jurar! Sois tramposos porque enseñáis que si alguno jura por el templo no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. Sois todos necios y ciegos. Ni siquiera sois uniformes en vuestra deshonestidad, porque, ¿cuál es mayor, el oro o el templo que supuestamente ha santificado al oro? También enseñáis que si un hombre jura por el altar, no es nada; pero que, si jura por la ofrenda que está sobre el altar, es deudor. Nuevamente sois ciegos ante la verdad, porque ¿cuál es mayor, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? ¿Cómo podéis justificar tal hipocresía y deshonestidad a los ojos de Dios en el cielo?

(1908.1) 175:1.17 «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos y todos los demás hipócritas que se aseguran de diezmar la menta, el eneldo y el comino, y hacen caso omiso de los asuntos más serios de la ley: la fe, la misericordia y la justicia! Dentro de lo razonable, esto era necesario hacer sin dejar de hacer lo otro. De veras sois guías ciegos y maestros necios; coláis el mosquito y tragáis el camello.

(1908.2) 175:1.18 «¡Ay de vosotros, escribas, fariseos e hipócritas! Escrupulosamente limpiáis la parte de afuera de la copa y del plato, pero adentro queda la suciedad de la extorsión, los excesos y la decepción. Sois espiritualmente ciegos. ¿Acaso no reconocéis cuánto mejor sería limpiar primero la parte de adentro de la copa, y luego el agua que derramare afuera limpiaría por sí mismo lo de afuera? ¡Vosotros, viciosos malvados! Hacéis que las manifestaciones exteriores de vuestra religión se conformen con la letra de vuestra interpretación de la ley de Moisés, mientras que vuestra alma está hundida en iniquidad y llena de asesinato.

(1908.3) 175:1.19 «¡Ay de todos vosotros que rechazáis la verdad y os burláis de la misericordia! Muchos entre vosotros sois como sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos pero por dentro están llenos de los huesos de hombres muertos y todo tipo de inmundicia. Aun así vosotros que rechazáis a sabiendas el consejo de Dios aparecéis por fuera como santos y rectos a los hombres, pero por dentro vuestro corazón está lleno de hipocresía e iniquidad.

(1908.4) 175:1.20 «¡Ay de vosotros, falsos guías de una nación! Habéis construido más allá un monumento a los profetas mártires de antaño, mientras complotáis para destruir a aquel de quien ellos hablaban. Adornáis los monumentos de los justos y presumís que si hubierais vivido en los días de vuestros padres, no habríais matado a los profetas; y con este pensamiento santurrón en vuestra mente, os preparáis para asesinar a aquel de quien hablaban los profetas: el Hijo del Hombre. En cuanto hacéis estas cosas, dais por testimonio contra vosotros mismos, de que sois los hijos protervos de los que mataron a los profetas. ¡Id pues y llenad la copa de vuestra condenación hasta su plenitud!

(1908.5) 175:1.21 «¡Ay de vosotros, hijos del mal! Juan en verdad os llamó los descendientes de las víboras, y yo os pregunto, ¿cómo podéis escapar al juicio que Juan pronunciara sobre vosotros?

(1908.6) 175:1.22 «Pero aun ahora os ofrezco en nombre de mi Padre misericordia y perdón; aun ahora os tiendo la mano amante de la hermandad eterna. Mi Padre os ha enviado los sabios y los profetas; a unos vosotros perseguisteis, a otros matasteis. Luego llegó Juan y proclamó el advenimiento del Hijo del Hombre, y a él vosotros destruisteis después de que muchos habían creído sus enseñanzas. Ahora os preparáis a derramar aun más sangre inocente. ¿Acaso no comprendéis que llegará el día terrible del juicio, cuando el Juez de toda la tierra requerirá de este pueblo que rinda cuentas de la forma en que rechazaron, persiguieron y destruyeron a estos mensajeros del cielo? ¿Acaso no comprendéis que debéis rendir cuentas a todos de esta sangre justa, desde el primer profeta asesinado hasta los tiempos de Zacarías, a quien matasteis entre el templo y el altar? Si continuáis por este camino malvado, puede que este rendimiento de cuentas os sea requerida en esta misma generación.

(1908.7) 175:1.23 «¡Oh Jerusalén, oh hijos de Abraham, vosotros que habéis apedreado a los profetas y matado a los maestros que os fueran enviados, aun ahora yo juntaría a vuestros hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, pero vosotros no queréis!

(1908.8) 175:1.24 «Ahora yo me despido de vosotros. Habéis oído mi mensaje y habéis tomado vuestra decisión. Los que creyeron mi evangelio están aun ahora a salvo en el reino de Dios. A vosotros, que habéis elegido rechazar la ofrenda de Dios, yo os digo que ya no me veréis enseñando en el templo. Mi obra para vosotros está hecha. ¡He aquí que ahora yo salgo con mis hijos, y vuestra casa os queda desolada!»

(1908.9) 175:1.25 Y luego el Maestro señaló a sus seguidores que partieran del templo.

2. La Posición del Judío

(1909.1) 175:2.1 El hecho de que los líderes espirituales y maestros religiosos de la nación judía en cierto momento rechazaron las enseñanzas de Jesús y conspiraron para ocasionar su muerte cruel, no afecta de ninguna manera la posición de cada judío ante los ojos de Dios. Este hecho no debe motivar a los que profesan seguir al Cristo, a que tengan prejuicios contra el judío, su semejante mortal. Los judíos, como nación, como grupo sociopolítico, pagaron plenamente el precio terrible de rechazar al Príncipe de la Paz. Hace mucho tiempo que cesaron de ser los abanderados espirituales de la verdad divina para las razas de la humanidad, pero no es ésta razón válida para que los descendientes de estos antiguos judíos deban sufrir las persecuciones que han caído sobre ellos a manos de los seguidores intolerantes, inmeritorios y prejuiciosos de Jesús de Nazaret, quien fue judío de nacimiento en la tierra.

(1909.2) 175:2.2 Muchas veces esta persecución y este odio irrazonables que nada tienen que ver con la naturaleza de Cristo contra los judíos modernos acaba en sufrimiento y muerte de judíos inocentes y sin ofensa, cuyos antepasados mismos, en los tiempos de Jesús, aceptaron de todo corazón su evangelio y finalmente murieron sin vacilar por esa verdad en la cual creían tan sinceramente. ¡Qué escalofrío de horror corre por los seres celestiales cuando contemplan a los seguidores profesos de Jesús perseguir, atormentar y aun asesinar a los descendientes de Pedro, Felipe y Mateo, y de otros judíos palestinos que tan gloriosamente dieron sus vidas como los primeros mártires del evangelio del reino del cielo!

(1909.3) 175:2.3 ¡Cuán cruel e irrazonable es obligar a niños inocentes a que sufran por los pecados de sus progenitores, por malas acciones que ignoran por completo, sin tener responsabilidad alguna por aquellas! Además, ¡actuar tan cruelmente, en nombre de aquel que enseñó a sus discípulos a que amaran aun a sus enemigos! Ha sido necesario, en este relato de la vida de Jesús, ilustrar la manera en que algunos de sus compatriotas judíos lo rechazaron, conspirando para ocasionar su muerte ignominiosa; pero queremos advertir a todos los que lean esta narrativa que la presentación de este recital histórico no justifica de ninguna manera el odio injusto, ni perdona la inicua actitud mental que tantos cristianos profesos han manifestado durante tantos siglos contra los judíos. Los creyentes en el reino, los que siguen las enseñanzas de Jesús, deben dejar de maltratar a los judíos con el pretexto de que éstos fueron culpables de rechazar a Jesús y crucificarlo. El Padre y su Hijo Creador no han cesado nunca de amar a los judíos. Dios no hace acepción de personas, y la salvación es para los judíos tanto como para los gentiles.

3. La Fatídica Reunión del Sanedrín

(1909.4) 175:3.1 A las ocho de la noche de este martes se convocó la fatídica reunión del sanedrín. En muchas ocasiones previas este supremo tribunal de la nación judía había decretado en forma casual la muerte de Jesús. Muchas veces este augusto cuerpo gobernante determinó poner punto final a su obra, pero nunca antes habían resuelto arrestarlo y ocasionar su muerte a toda costa. Fue justo antes de la medianoche de este martes 4 de abril del 30 d. de J.C. cuando el sanedrín, así como estaba compuesto en ese momento, votó oficial y unánimemente imponer la sentencia de muerte a Jesús y a Lázaro. Ésta fue la respuesta al último llamado del Maestro a los potentados de los judíos, llamado hecho sólo unas pocas horas antes en el templo; representó su reacción de amargo resentimiento ante la última y vigorosa acusación de Jesús contra estos mismos altos sacerdotes y saduceos y fariseos impenitentes. La resolución de condenar a muerte (aun antes de su juicio) al Hijo de Dios fue la respuesta del sanedrín a la última oferta de misericordia celestial que fuera extendida jamás a la nación judía como tal.

(1910.1) 175:3.2 Desde este momento en adelante los judíos se encontraron solos para completar el breve y corto período que les quedaba de vida nacional, como cualquier otro grupo puramente humano entre las naciones de Urantia. Israel había repudiado al Hijo de aquel Dios, que hiciera un pacto con Abraham; y el plan de que los hijos de Abraham fueran los portadores de la luz de la verdad en el mundo, se hizo añicos. Se había abrogado el pacto divino, y se aproximó a pasos agigantados el fin de la nación hebrea.

(1910.2) 175:3.3 Los funcionarios del sanedrín recibieron la orden de arrestar a Jesús temprano a la mañana siguiente, pero con instrucciones de que no debía ser arrestado en público. Se les dijo que planearan arrestarlo en secreto, preferiblemente en forma repentina y de noche. Comprendiendo que tal vez no volvería ese día (miércoles) para enseñar en el templo, ellos instruyeron a estos oficiales del sanedrín que «lo traigan ante el alto tribunal judío en algún momento antes de la medianoche del jueves.»

4. La Situación en Jerusalén

(1910.3) 175:4.1 Al concluir Jesús su último discurso en el templo, los apóstoles sufrieron una vez más un estado de confusión y consternación. Antes de que el Maestro comenzara su denuncia terrible contra los potentates judíos, regresó Judas al templo; todos los doce así oyeron la última mitad del último discurso de Jesús en el templo. Fue desafortunado que Judas Iscariote no hubiera podido oír la primera mitad de este discurso de despedida, que contenía la oferta de misericordia. Él no oyó esta última oferta de misericordia a los líderes judíos porque aún se encontraba conferenciando con cierto grupo de saduceos parientes y amigos con los cuales había almorzado, y con los cuales estaba discutiendo la forma más adecuada de desasociarse de Jesús y de sus hermanos apóstoles. Fue al escuchar la acusación final del Maestro contra los líderes y gobernantes judíos, cuando Judas final y plenamente decidió abandonar el movimiento del evangelio y lavarse las manos de todo el asunto. Sin embargo, abandonó el templo en compañía de los doce, fue con ellos al Monte de los Olivos, donde, con sus hermanos apóstoles, escuchó ese discurso fatídico sobre la destrucción de Jerusalén y el fin de la nación judía, y permaneció con ellos ese martes por la noche en el nuevo campamento cerca de Getsemaní.

(1910.4) 175:4.2 La multitud que escuchó a Jesús pasar de su llamado compasivo a los líderes judíos al reproche subitáneo y ardiente que lindaba en una denuncia sin cuartel, se quedó pasmada y anonadada. Esa noche, mientras el sanedrín estaba sentado decidiendo la sentencia de muerte contra Jesús, y mientras el Maestro sentado con sus apóstoles y algunos de sus discípulos en el Monte de los Olivos estaba pronosticando la muerte de la nación judía, toda Jerusalén estaba involucrada en una discusión seria y callada de una sola pregunta: «¿Qué harán con Jesús?»

(1910.5) 175:4.3 En la casa de Nicodemo, más de treinta judíos prominentes que eran creyentes secretos del reino, se reunieron y debatieron el curso de acción que debían de seguir en caso de una rotura abierta con el sanedrín. Todos los presentes acordaron que declararían abiertamente su alianza con el Maestro en la hora misma en que se enteraron de su arresto. Eso fue precisamente lo que hicieron.

(1911.1) 175:4.4 Los saduceos, que ahora controlaban y dominaban el sanedrín, deseaban eliminar a Jesús por las siguientes razones:

(1911.2) 175:4.5 1. Temían que el aumento del favor popular por parte de las multitudes pusiera en peligro la existencia de la nación judía, debido a una posible involucración con las autoridades romanas.

(1911.3) 175:4.6 2. Su celo por la reforma en el templo ponía directamente en peligro los ingresos de ellos; la purificación del templo afectaba su bolsa.

(1911.4) 175:4.7 3. Se sentían responsables de la preservación del orden social, y temían las consecuencias de una expansión ulterior de la extraña y nueva doctrina de Jesús de la hermandad de los hombres.

(1911.5) 175:4.8 Los fariseos tenían motivos distintos por su deseo de ver que Jesús sea matado. Le temían porque:

(1911.6) 175:4.9 1. Se había dispuesto en terminante oposición a la dominación tradicional que ellos ejercían sobre el pueblo. Los fariseos eran ultraconservadores, y resentían amargamente estos ataques supuestamente radicales a su prestigio establecido como maestros religiosos.

(1911.7) 175:4.10 2. Sostenían que Jesús estaba en contravención de la ley; que exhibía un desprecio total por el sábado y por numerosos otros requisitos legales y ceremoniales.

(1911.8) 175:4.11 3. Le acusaban de blasfemia porque aludía a Dios como su Padre.

(1911.9) 175:4.12 4. Además, ahora estaban furiosos con él por su último discurso de amarga condena, pronunciado ese día mismo en el templo como punto final de su sermón de despedida.

(1911.10) 175:4.13 El sanedrín, después de haber decretado formalmente la muerte de Jesús y emitido órdenes para su arresto, levantó la reunión este martes cerca de la medianoche, después de decidir una convocatoria para las diez de la mañana siguiente en la casa de Caifás el sumo sacerdote con el propósito de levantar las acusaciones para someter a Jesús a juicio.

(1911.11) 175:4.14 Un pequeño grupo de saduceos había llegado a proponer que dispusieran de Jesús mediante el asesinato, pero los fariseos se negaron firmemente a este procedimiento.

(1911.12) 175:4.15 Ésta era pues la situación en Jerusalén y entre los hombres en este día lleno de acontecimientos, mientras vastas huestes de seres celestiales contemplaban esta dramática escena en la tierra, ansiosos por hacer algo en ayuda de su amado Soberano pero sin poder actuar porque estaban bajo la efectiva prohibición de sus superiores.

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