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Los Acontecimientos que Condujerona la Crisis de Capernaum

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El Libro de Urantia

Documento 152

Los Acontecimientos que Condujerona la Crisis de Capernaum

(1698.1) 152:0.1 LA HISTORIA de la curación de Amós, el lunático de Queresa, ya había llegado a Betsaida y Capernaum, de manera de que una gran multitud aguardaba a Jesús cuando su barca llegó a la playa ese martes por la mañana. En esta multitud se encontraban los nuevos observadores enviados por el sanedrín de Jerusalén que venían a Capernaum con el objeto de reunir pruebas para el arresto y enjuiciamiento del Maestro. Mientras Jesús hablaba con los que se habían reunido para saludarle, Jairo, uno de los rectores de la sinagoga, se adelantó entre la multitud y, cayendo a sus pies, le tomó de la mano implorándole que fuera de inmediato con él, diciendo: «Maestro, mi única hijita yace en mi casa, a punto de morir. Te ruego que vengas conmigo y la cures». Cuando Jesús escuchó la petición de este padre, dijo: «Iré contigo».

(1698.2) 152:0.2 Mientras Jesús iba con Jairo, y la gran multitud que había oído el ruego de ese padre los seguía para ver qué pasaría. Poco antes de llegar a la casa del rector, mientras caminaban de prisa por una calle estrecha y la muchedumbre lo empujaba, Jesús se detuvo de pronto, exclamando: «Alguien me ha tocado». Cuando los que estaban junto a él negaron haberlo tocado, Pedro habló: «Maestro, bien puedes ver que el gentío nos atropella hasta casi aplastarnos, y sin embargo tú dices ‘alguien me ha tocado'. ¿Qué quieres decir?» Entonces dijo Jesús: «Pregunté quién me tocó, porque percibí emanar de mí la energía de vida». Al mirar Jesús a su alrededor, su mirada cayó sobre una mujer allí próxima, quien, adelantándose, se arrodilló a sus pies y dijo: «Hace años que me aflige una hemorragia flagelante. Muchas cosas he sufrido de muchos médicos; gasté toda mi fortuna, pero nadie ha podido curarme. Entonces escuché hablar de ti, y pensé que si tan sólo pudiera tocar el ruedo de tu manto, con toda seguridad me curaría. Así pues me abrí paso entre el gentío que te sigue hasta llegar junto a ti, Maestro, y toqué el ruedo de tu manto, y fui curada; he sido curada de mi aflicción».

(1698.3) 152:0.3 Cuando Jesús escuchó esto, tomó a la mujer de la mano y, levantándola, dijo: «Hija, tu fe te ha curado; vete en paz». Era su fe y no su toque lo que la había curado. Este caso es una buena ilustración de muchas curas aparentemente milagrosas que acompañaron la carrera terrenal de Jesús, pero que no mandó conscientemente que pasaran en sentido alguno. El paso del tiempo demostró que esta mujer estaba realmente curada de su enfermedad. Su fe era el tipo de fe que se asía directamente del poder creador contenido en la persona del Maestro. Con la fe que ella tenía, tan sólo bastaba con que se acercase a la persona del Maestro. No hacía falta de ninguna manera tocar su manto; ésa era tan sólo la parte supersticiosa de su creencia. Jesús llamó a esta mujer, Verónica de Cesarea de Filipo, ante su presencia para corregir dos errores que podrían haberse alojado en su mente, o en la mente de los que habían presenciado esta cura: no quería que Verónica se fuera pensando que su temor de pedir, manifestado en el intento de robar la cura, había surtido efecto, ni que su idea supersticiosa de tocar el manto de Jesús para curarse tuviera algo que ver con su curación. Deseaba que todos supieran que era su fe pura y viviente la que había forjado la cura.

1. En la Casa de Jairo

(1699.1) 152:1.1 Jairo estaba por supuesto terriblemente impaciente por la demora en llegar a su casa; por eso se apresuraron a buen paso. Aun antes de entrar ellos en el patio del rector, uno de los siervos salió diciendo: «No molestes al Maestro; tu hija está muerta». Jesús pareció no oír las palabras del siervo, porque, llevándose a Pedro, Santiago y Juan, se volvió diciendo al padre desconsolado: «No temas; tan sólo, cree». Al entrar a la casa, ya estaban allí los flautistas junto a las plañideras y los parientes llorando y lamentándose, formando un tumulto indecoroso. Después de echar del cuarto a todas las plañideras, entró Jesús con el padre, la madre y sus tres apóstoles. Les había dicho a las plañideras que la niña no estaba muerta, pero se rieron de él con desprecio. Ahora pues, Jesús se volvió a la madre, diciéndole: «Tu hija no está muerta; sólo está dormida». Y cuando se hubo tranquilizado la casa, Jesús, acercándose al lecho de la niña, la tomó de la mano y dijo: «Hija, escúchame: ¡despiértate y levántate!» Cuando la niña escuchó esas palabras, inmediatamente se levantó y caminó por el cuarto. Una vez que la niña se hubo recuperado del aturdimiento, Jesús indicó que le trajeran algo de comer porque no había tomado alimento por mucho tiempo.

(1699.2) 152:1.2 Como había en Capernaum mucha turbulencia en contra de Jesús, reunió a la familia y les explicó que la niña había caído en un coma después de una fiebre persistente, y que él no la había rescatado de la muerte sino que la había despertado. Asimismo explicó todo esto a sus apóstoles, pero fue en vano; todos ellos creyeron que había rescatado a la niña de los muertos. Lo que dijera Jesús para explicar muchos de estos milagros aparentes surtía poco efecto sobre sus seguidores. Los milagros los fascinaban, y no perdían la oportunidad de atribuirle otro portento a Jesús. Jesús y los apóstoles retornaron a Betsaida después de que él exhortara específicamente a todos ellos de que nada dijeran a ningún hombre sobre este acontecimiento.

(1699.3) 152:1.3 Cuando salió de la casa de Jairo, dos ciegos conducidos por un muchacho mudo lo siguieron clamando que los curara. En esta época, la reputación de Jesús como curador estaba en su apogeo. Fuera donde fuese, ahí lo esperaban enfermos y afligidos. El Maestro parecía exhausto, y todos sus amigos se preocupaban, pues temían que se esforzara en su labor de enseñanza y curación hasta el colapso.

(1699.4) 152:1.4 Los apóstoles de Jesús no podían comprender la naturaleza y atributos de este Dios-hombre, y la gente común entendía aún menos. Ninguna de las generaciones subsiguientes tampoco han podido evaluar lo que ocurrió en la tierra en la persona de Jesús de Nazaret. Y no habrá jamás oportunidad de que la ciencia o la religión examinen estos acontecimientos notables, por la sencilla razón de que tal situación extraordinaria no puede ocurrir otra vez, ni en este mundo ni en ningún otro mundo de Nebadon. Nunca más aparecerá, en ningún mundo del universo, un ser en semejanza de carne mortal que combine simultáneamente todos los atributos de la energía creadora aunados con las dotes espirituales que trascienden el tiempo y la mayor parte de las limitaciones materiales.

(1700.1) 152:1.5 Nunca, antes de que Jesús viniera a la tierra, ni desde entonces, ha sido posible procurar en forma tan directa y gráfica los resultados concomitantes de una fe fuerte y viviente de los hombres y mujeres mortales. Para repetir estos fenómenos, sería necesario que llegáramos ante la presencia inmediata de Micael, el Creador, y lo halláramos tal cual fue en aquellos días —el Hijo del Hombre. Del mismo modo, hoy en día, por su ausencia, tales manifestaciones materiales no son posibles, debéis evitar imponer cualquier tipo de limitación sobre la posible manifestación de su poder espiritual. Aunque el Maestro esté ausente como ser material, está presente como influencia espiritual en el corazón de los hombres. Jesús posibilitó, mediante su partida de este mundo, que su espíritu viviera junto con el de su Padre que reside en la mente de toda la humanidad.

2. La Comida para Cinco Mil

(1700.2) 152:2.1 Jesús continuó enseñando a la gente durante el día e instruyendo a los apóstoles y evangelistas por las noches. El viernes decretó una semana de vacaciones para que sus seguidores pudieran volver a sus casas o visitar sus amigos por unos días, antes de prepararse para ir a Jerusalén para la Pascua. Pero más de la mitad de sus discípulos se negaron a abandonarle, y la multitud aumentaba diariamente tanto, que David Zebedeo propuso establecer un nuevo campamento, pero Jesús no le dio su consentimiento. El Maestro no pudo descansar mucho el sábado, por lo que intentó el domingo 27 de marzo por la mañana alejarse de la multitud. Quedarían allí algunos de los evangelistas con el encargo de hablar a la multitud, mientras que Jesús y los doce planeaban escapar sin ser vistos al otro lado del lago, donde podrían obtener un merecido y necesario descanso en un hermoso parque al sur de Betsaida-Julias. Esta región era la zona de elección de los habitantes de Capernaum para pasar las vacaciones; todos conocían bien estos parques en la costa oriental.

(1700.3) 152:2.2 Pero, la muchedumbre no los dejó. Al ver la dirección que tomaba la barca de Jesús, alquilaron todo navío disponible y salieron en su seguimiento. Los que no consiguieron embarcaciones partieron a pie, caminando alrededor del lago por el norte.

(1700.4) 152:2.3 Al caer la tarde, más de mil personas ya habían ubicado al Maestro en uno de los parques, y él les habló brevemente, y después de él habló Pedro. Muchos habían traído comida, y después de cenar, se reunieron en pequeños grupos mientras los apóstoles y discípulos de Jesús les enseñaban.

(1700.5) 152:2.4 Para el lunes por la tarde la multitud había aumentado a más de tres mil personas. Y todavía —hasta bien entrada la noche— seguía llegando gente trayendo cantidades de enfermos de todo tipo. Cientos de interesados habían planeado parar en Capernaum, camino de la Pascua, para ver y oír a Jesús, y no había forma de que se resignaran a no verlo. Para el mediodía del miércoles se encontraban reunidos unos cinco mil hombres, mujeres y niños en este parque al sur de Betsaida-Julias. El tiempo estaba agradable, siendo casi el fin de la temporada de lluvia en esta región.

(1700.6) 152:2.5 Felipe había traído provisiones suficientes para tres días para Jesús y los doce, encargando su custodia al mancebo Marcos, el mandadero de ellos. Para la tarde de este día, el tercero para casi la mitad de esta multitud, ya prácticamente se había acabado la comida que había traído la gente. David Zebedeo no contaba aquí con una ciudad de tiendas que pudiera alimentar y cobijar a las multitudes. Tampoco había provisto Felipe alimentos para tan grande multitud. Pero la gente, aunque hambrienta, no se iba. Se rumoreaba en voz baja que Jesús, deseando evitar problemas tanto con Herodes como con los líderes de Jerusalén, había elegido este lugar tranquilo, fuera de la jurisdicción de todos sus enemigos, considerándolo el sitio adecuado para ser coronado rey. El entusiasmo de la gente aumentaba de hora en hora. Nadie dijo una sola palabra de esto a Jesús, aunque, por supuesto, él sabía todo lo que estaba pasando. Hasta los doce apóstoles estaban contaminados por estas ideas, y los evangelistas más jóvenes, todavía más. Los apóstoles que estaban a favor de la idea de proclamar rey a Jesús eran Pedro, Juan, Simón el Zelote, y Judas Iscariote. Los que estaban en contra de este plan eran Andrés, Santiago, Natanael, y Tomás. Mateo, Felipe y los gemelos Alfeo no tenían opinión decidida. El cabecilla de esta conspiración para coronarlo rey era Joab, uno de los jóvenes evangelistas.

(1701.1) 152:2.6 Ésta era pues la situación a eso de las cinco de la tarde del miércoles, cuando Jesús pidió a Jacobo Alfeo que llamara a Andrés y Felipe. Dijo Jesús: «¿Qué vamos a hacer con la multitud? Ya hace tres días que están con nosotros, y muchos entre ellos tienen hambre. No tienen comida». Felipe y Andrés se intercambiaron una mirada, y entonces Felipe contestó: «Maestro, deberías despedir a esta gente para que vayan a las aldeas cercanas y se compren alimentos». Andrés, que temía se materializara la confabulación para coronar rey a Jesús, inmediatamente se puso de parte de Felipe, diciendo: «Sí, Maestro, pienso que lo mejor sería que disuelvas la asamblea para que esta gente se vaya por su camino y consiga comida, mientras tú reposas una temporada». A esta altura se habían acercado al grupo otros de los doce. Entonces dijo Jesús: «Pero no deseo despedirlos hambrientos; ¿acaso no podéis alimentarlos?» Esto fue demasiado para Felipe, que inmediatamente contestó: «Maestro, en este lugar de campo, ¿adonde hemos de comprar pan para esta multitud en este sitio descampado? Doscientos denarios no bastarían para el almuerzo».

(1701.2) 152:2.7 Antes de que los apóstoles tuvieran la oportunidad de expresarse, Jesús se volvió a Andrés y Felipe, diciendo: «No quiero despedir a esta gente. Están aquí, como ovejas sin pastor. Me gustaría alimentarlos. ¿Qué tenemos de comer?» Mientras Felipe conversaba con Mateo y Judas, Andrés llamó al mancebo Marcos para determinar cuánto quedaba de sus provisiones. Volvió a Jesús, diciendo: «El muchacho tan sólo tiene cinco panes de cebada y dos pescados secos» —y Pedro inmediatamente agregó: «Aún no hemos comido esta noche».

(1701.3) 152:2.8 Por un momento estuvo Jesús en silencio. Había en sus ojos una expresión lejana. Los apóstoles nada dijeron. Jesús se volvió repentinamente hacia Andrés y dijo: «Tráeme los panes y los peces». Y cuando Andrés hubo traído la canasta a Jesús, el Maestro dijo: «Ordenad a la gente que se siente en el césped en grupos de cien y que nombren un jefe para cada grupo, mientras vosotros traéis aquí a todos los evangelistas».

(1701.4) 152:2.9 Jesús tomó los panes en las manos, y después de haber dado las gracias, partió el pan y se lo dio a los apóstoles, quienes se lo pasaron a sus asociados, y quienes a su vez se lo llevaron a la multitud. De la misma manera partió Jesús y distribuyó los peces. Y esta multitud comió y fue saciada. Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a los discípulos: «Recoged los trozos que quedan para que nada se pierda». Cuando hubieron ellos terminado de juntar los pedazos, tenían doce canastas llenas. Los que comieron de este extraordinario festín fueron unos cinco mil hombres, mujeres y niños.

(1702.1) 152:2.10 Éste fue el primero y único milagro de la naturaleza que realizó Jesús por premeditación consciente. Es verdad que sus discípulos estaban dispuestos a llamar milagros muchas cosas que no lo eran, pero ésta fue una ministración genuinamente sobrenatural. Se nos enseñó, que en este caso, Micael multiplicó los elementos de la comida, tal como siempre lo hace, excepto que eliminó el factor tiempo y el canal vital visible.

3. El Episodio de la Coronación

(1702.2) 152:3.1 Este festín para las cinco mil personas, mediante la energía sobrenatural, fue otro de esos casos en los que la piedad humana se sumó al poder creador para dar como resultado lo que sucedió. Ya la multitud había sido saciada, y allí mismo y en ese instante la fama de Jesús tanto se acrecentó por este extraordinario portento, que la idea de apoderarse del Maestro y proclamarlo rey ya no necesitaba de ningún cabecilla. La idea pareció propagarse como un contagio entre la muchedumbre. La reacción de la multitud ante esta satisfacción repentina y espectacular de sus necesidades físicas fue profunda y sobrecogedora. Por mucho tiempo a los judíos se les había enseñado que el Mesías, el hijo de David, cuando viniera, inundaría la tierra, nuevamente, con leche y miel, y que el pan de la vida llovería sobre ellos como había supuestamente caído el maná del cielo sobre sus antepasados en el desierto. ¿Acaso todas estas expectativas no habían sido plenamente satisfechas ante sus ojos? Cuando esta multitud hambrienta y sin alimentos se sació de alimento milagroso, tan sólo hubo una reacción unánime: «He aquí a nuestro rey». Había llegado el liberador portentoso de Israel. En los ojos de esta gente de mente sencilla, el poder de dar de comer llevaba en sí mismo el derecho al gobierno. No es pues de extrañar que la multitud, en cuanto terminó su festín, se puso de pie al unísono clamando: «¡Hacedlo rey!».

(1702.3) 152:3.2 Este poderoso grito entusiasmó a Pedro y a los entre los apóstoles que aún mantenían la esperanza de que Jesús afirmara su derecho a gobernar. Pero, poco durarían estas falsas esperanzas. Aún se oían los ecos de este poderoso grito de la multitud que rebotaban de las rocas cercanas, cuando Jesús se trepó a una enorme piedra y, levantando la mano derecha para imponer silencio, dijo: «Hijitos míos, vosotros tenéis buenas intenciones, pero sois de vista corta y de mentalidad material». Hubo una corta pausa; este fornido galileo se erguía majestuoso contra el resplandor encantador del atardecer oriental. Cada centímetro de su semblante se veía verdaderamente como el de un rey mientras siguió hablando a la multitud que lo contemplaba sin aliento: «Vosotros queréis hacerme rey, no porque vuestra alma se haya iluminado de una gran verdad, sino porque vuestro estómago está lleno de pan. ¿Cuántas veces os he dicho que mi reino no es de este mundo? Este reino del cielo que nosotros proclamamos es una hermandad espiritual, y ningún hombre gobierna sobre este reino sentado en un trono material. Mi Padre en el cielo es el omnisapiente y todopoderoso Gobernante de esta hermandad espiritual de los hijos de Dios en la tierra. ¿Es que tanto he fallado en revelaros al Padre de los espíritus, que vosotros queréis hacer de su Hijo en la carne un rey? Idos pues todos a casa. Si debéis tener rey, que el Padre de las luces sea coronado en el corazón de cada uno de vosotros como el espíritu Gobernante de todas las cosas».

(1702.4) 152:3.3 Estas palabras de Jesús despidieron a la multitud, pasmada y desilusionada. Muchos de los que habían creído en él, se fueron y, a partir de ese día, ya no le siguieron. Los apóstoles estaban anonadados; permanecieron de pie en silencio, reunidos alrededor de los doce canastos llenos de trozos de comida; sólo el mandadero, el mancebo Marcos, dijo: «Y se negó a ser nuestro rey». Jesús, antes de irse por su cuenta a las colinas, se volvió hacia Andrés y dijo: «Lleva a tus hermanos de vuelta a la casa de Zebedeo y ora con ellos, especialmente por tu hermano, Simón Pedro».

4. La Visión Nocturna de Simón Pedro

(1703.1) 152:4.1 Los apóstoles, sin su Maestro —que los había enviado de vuelta solos— subieron a la barca y en silencio empezaron a remar hacia Betsaida, en la orilla occidental del lago. Ninguno de los doce estaba más deprimido y anonadado que Simón Pedro. Apenas si se habló una palabra; estaban todos pensando en el Maestro, solo; en las colinas. ¿Acaso los había abandonado? Nunca antes los había enviado a todos de vuelta, negándose a volverse con ellos. ¿Qué significaba todo esto?

(1703.2) 152:4.2 La oscuridad descendió sobre ellos, porque soplaba un fuerte viento en contra que les impedía avanzar. A medida que pasaban las horas de oscuridad y duro remar, Pedro, agotado, cayó en un profundo sueño. Andrés y Santiago lo acarrearon al asiento acojinado en la popa de la barca. Mientras los demás apóstoles luchaban contra el viento y las olas, Pedro tuvo un sueño; vio una visión de Jesús que se les acercaba caminando sobre el mar. Cuando ya parecía el Maestro caminar pasando de largo junto a la barca, Pedro gritó: «Sálvanos, Maestro, sálvanos». Los que estaban cerca de la popa de la barca le oyeron decir algunas de estas palabras. Continuó esta aparición nocturna en la mente de Pedro, y soñó que Jesús decía: «Estad de buen ánimo; sí, soy yo; no temáis». Fue éste como el bálsamo de Gilead para el alma atribulada de Pedro; serenó su espíritu preocupado, de modo que (en su sueño) gritó al Maestro: «Señor, si eres realmente tú, convídame a que camine contigo sobre las aguas». Y salió Pedro caminando sobre el agua, y las olas embravecidas lo asustaron, y a punto de hundirse, gritó: «Señor, ¡sálvame!» Muchos entre los doce oyeron su grito. Entonces Pedro soñó que Jesús venía a rescatarlo y, dándole la mano, lo aferraba y lo levantaba, diciendo: «Oh, tú con tan poca fe, ¿por qué dudaste?».

(1703.3) 152:4.3 En relación con la última parte de su sueño, Pedro en realidad se levantó del asiento sobre el que dormía y salió de la barca al agua. Y despertó de su sueño cuando Andrés, Santiago y Juan corrieron a sacarlo del mar.

(1703.4) 152:4.4 Para Pedro, esta experiencia fue siempre real. Creía sinceramente que Jesús había venido durante la noche. Convenció sólo parcialmente a Juan Marcos, lo cual explica por qué Marcos dejó de mencionar en su narrativa una porción de esta historia. Lucas, el médico, quien investigó cuidadosamente estos asuntos, concluyó que el episodio fue una visión de Pedro y por consiguiente se negó a incluir este relato en la preparación de su narrativa.

5. De Vuelta en Betsaida

(1703.5) 152:5.1 El jueves por la mañana, antes del amanecer, echaron ancla cerca de la casa de Zebedeo y fueron a dormir hasta alrededor del mediodía. Andrés fue el primero en levantarse y, yéndose a caminar junto al mar, encontró a Jesús en compañía del muchacho mandadero, sentado en una piedra al borde del agua. Mientras muchos seguidores y jóvenes evangelistas buscaban a Jesús toda esa noche y buena parte del día siguiente por las colinas orientales, poco después de la medianoche él y el mancebo Marcos habían partido, caminando alrededor del lago y cruzando el río, de vuelta a Betsaida.

(1704.1) 152:5.2 De los cinco mil que habían sido milagrosamente alimentados y que, con el estómago lleno y el corazón vacío, habían querido proclamarlo rey, sólo unos quinientos persistieron en seguirlo. Pero antes de que éstos recibieran noticia de que él estaba de vuelta en Betsaida, Jesús pidió a Andrés que congregara a los doce apóstoles y a sus asociados, incluyendo las mujeres, diciendo: «Deseo hablarles». Y cuando todos estuvieron atentos, Jesús dijo:

(1704.2) 152:5.3 «¿Hasta cuándo tendré que teneros paciencia? Es que sois todos débiles de comprensión espiritual y deficientes en fe viviente? Todos estos meses os he enseñado las verdades del reino, sin embargo os dejáis dominar por motivos materiales y no por consideraciones espirituales. ¿Es que no habéis leído siquiera en las Escrituras, allí donde Moisés exhorta a los hijos descreídos de Israel, diciendo: ‘No temáis, estad firmes y ved la salvación del Señor'? Dijo el cantor: ‘Confiad en el Señor'. ‘Sé paciente, aguarda al Señor, ten ánimo. Él fortalecerá tu corazón'. ‘Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará. Confiad en él en todo tiempo y derramad delante de él vuestro corazón, porque Dios es vuestro refugio'. ‘El que habita en el lugar secreto del Altísimo, morará bajo la sombra del Todopoderoso'. ‘Mejor es confiar en el Señor que confiar en los príncipes humanos'.

(1704.3) 152:5.4 «¿No veis acaso que el producir milagros y el hacer prodigios materiales no ganan almas para el reino espiritual? Nosotros saciamos a la multitud, pero eso no los condujo a tener hambre por el pan de la vida ni sed por las aguas de la rectitud espiritual. Cuando su hambre fue saciada, no buscaron entrar en el reino del cielo, sino más bien quisieron proclamar rey al Hijo del Hombre, a la manera de los reyes de este mundo, sólo porque quieren seguir comiendo pan sin tener que ganárselo con el sudor de la frente. Y todo esto, en lo que muchos entre vosotros participasteis en mayor o menor grado, nada hace por revelar el Padre celestial o por adelantar su reino en la tierra. ¿Acaso no tenemos suficientes enemigos entre los líderes religiosos del país sin necesidad de enemistarnos también con los potentados civiles por nuestras acciones? Oro porque mi Padre unja vuestros ojos para que podáis ver y abra vuestros oídos para que podáis oír, para que lleguéis a tener fe plena en el evangelio que os he enseñado».

(1704.4) 152:5.5 Jesús anunció luego que deseaba retirarse por unos días para descansar con sus apóstoles, antes de aprontarse para ir a Jerusalén para la Pascua, y prohibió a los discípulos y a la multitud que lo siguieran. Así pues, se embarcaron a la región de Genesaret para reposar y dormir. Jesús se estaba preparando para la gran crisis de su vida en la tierra, y por lo tanto pasó mucho tiempo en comunión con su Padre en el cielo.

(1704.5) 152:5.6 La nueva de la comida a los cinco mil y del intento de coronar a Jesús despertó gran curiosidad y aumentó el temor de los líderes religiosos y de los gobernantes civiles a lo largo y a lo ancho de Galilea y Judea. Aunque este gran milagro nada hizo en pos del adelanto del evangelio del reino en las almas de los creyentes con predilecciones para los bienes materiales y con reservas, sirvió el propósito de poner fin a las ansias de milagros y pretensiones regias de la familia inmediata de Jesús o sea sus apóstoles y discípulos más íntimos. Este episodio espectacular puso fin a la primera etapa de enseñanza, entrenamiento y curación, preparando así el camino para la inauguración de este último año de proclamación de las fases más altas y más espirituales del nuevo evangelio del reino: filiación divina, libertad espiritual y salvación eterna.

6. En Genesaret

(1705.1) 152:6.1 Mientras reposaba en la casa de un rico creyente de la región de Genesaret, Jesús mantuvo conferencias casuales con los doce todas las tardes. Los embajadores del reino formaban un serio, sombrío y abatido grupo de hombres desilusionados. Pero aun después de todo lo ocurrido, tal como lo indicaron los acontecimientos subsiguientes, estos doce hombres aún no se habían librado completamente de sus ideas heredadas y largamente acariciadas sobre la llegada del Mesías judío. Los acontecimientos de las pocas semanas anteriores habían ocurrido demasiado rápidamente como para que estos sorprendidos pescadores pudieran comprender su pleno significado. Se necesita tiempo para que los hombres y las mujeres cambien radical y ampliamente sus conceptos básicos y fundamentales de conducta social, actitudes filosóficas y convicciones religiosas.

(1705.2) 152:6.2 Mientras Jesús y los doce estaban descansando en Genesaret, las multitudes se dispersaron, volviendo algunos a sus hogares, mientras que otros se dirigían a Jerusalén para la Pascua. En menos de un mes, los seguidores entusiastas y abiertos de Jesús, que contaban más de cincuenta mil tan sólo en Galilea, se redujeron a menos de quinientos. Jesús deseaba que sus apóstoles tuvieran esta experiencia de cuán efímera es la aclamación popular para que no se dejaran tentar por estas manifestaciones de histeria religiosa transitoria cuando él los dejara solos en el trabajo del reino; pero tan sólo tuvo un éxito parcial en este esfuerzo.

(1705.3) 152:6.3 La segunda noche de su estadía en Genesaret el Maestro nuevamente relató a los apóstoles la parábola del sembrador y agregó estas palabras: «Como podéis ver, hijitos míos, el llamado a los sentimientos humanos es transitorio y totalmente descorazonador; apelar exclusivamente al intelecto del hombre es práctica igualmente vacía y estéril; sólo si apeláis al espíritu que vive dentro de la mente humana, podéis esperar éxito duradero, realizar esas maravillosas transformaciones del carácter humano que efectivamente se manifiestan en abundantes frutos genuinos del espíritu, en la vida diaria de todos los que así son liberados de las tinieblas de la incertidumbre por el nacimiento del espíritu en la luz de la fe —el reino del cielo».

(1705.4) 152:6.4 Jesús enseñó que apelar a las emociones constituye una técnica para captar y enfocar la atención intelectual. Consideró una mente así despertada y estimulada como la puerta del alma, allí donde reside esa naturaleza espiritual del hombre que debe reconocer la verdad y responder al llamado espiritual del evangelio para producir resultados permanentes de verdaderas transformaciones del carácter.

(1705.5) 152:6.5 Así Jesús intentaba preparar a los apóstoles para un inminente cataclismo —la crisis de la actitud pública hacia él, que se desencadenaría en unos pocos días. Explicó a los doce que los dirigentes religiosos de Jerusalén conspirarían con Herodes Antipas para tramar su destrucción. Los doce comenzaron a comprender mejor (aunque no del todo) que Jesús no se sentaría en el trono de David. Vieron más plenamente que la verdad espiritual no progresaba mediante portentos materiales. Empezaron a darse cuenta de que el episodio de los cinco mil y el movimiento popular que quiso coronar rey a Jesús constituían el punto culminante de la expectativa de un pueblo en busca de milagros y prodigios y la cumbre de la ovación de Jesús por la plebe. Vagamente discernían y a duras penas anticipaban los tiempos de sacudida espiritual y adversidad cruel que se aproximaban. Estos doce hombres lentamente despertaban a la comprensión de la verdadera naturaleza de su tarea como embajadores del reino, y comenzaron una fuerte preparación para las pruebas difíciles y sobrecogedoras del último año del ministerio del Maestro sobre la tierra.

(1706.1) 152:6.6 Antes de salir de Genesaret, Jesús los instruyó sobre el acontecimiento milagroso de los cinco mil, diciéndoles precisamente por qué había emprendido esta extraordinaria manifestación de poder creativo y reiterándoles que, antes de dejarse llevar por su compasión por la multitud hambrienta, se había asegurado de que eso estaba «de acuerdo con la voluntad del Padre».

7. En Jerusalén

(1706.2) 152:7.1 El domingo 3 de abril, Jesús, acompañado tan sólo por los doce apóstoles, comenzó desde Betsaida su viaje a Jerusalén. Para evitar las multitudes y para atraer tan poca atención como fuera posible, viajaron por Gérasa y Filadelfia. Les prohibió toda enseñanza pública en este viaje; tampoco les permitió que enseñaran ni predicaran durante su estadía en Jerusalén. Llegaron a Betania, cerca de Jerusalén, tarde en la noche del miércoles 6 de abril. Esa noche la pasaron en la casa de Lázaro, Marta y María, pero al día siguiente se separaron. Jesús, con Juan, permaneció en la casa de un creyente llamado Simón, cerca de la casa de Lázaro en Betania. Judas Iscariote y Simón el Zelote pararon con amigos en Jerusalén, mientras que el resto de los apóstoles residió, de dos en dos, en diferentes casas.

(1706.3) 152:7.2 Jesús entró a Jerusalén sólo una vez durante esta Pascua, y eso ocurrió en el gran día de la fiesta. Muchos de los creyentes de Jerusalén, fueron traídos por Abner para reunirse con Jesús en Betania. Durante esta estadía en Jerusalén los doce aprendieron cuán resentidos estaban los ánimos contra su Maestro. Partieron de Jerusalén creyendo todos que estaba a punto de desencadenarse una crisis.

(1706.4) 152:7.3 El domingo 24 de abril, Jesús y los apóstoles partieron de Jerusalén en dirección a Betsaida, camino de las ciudades costales de Jope, Cesarea y Tolemaida. Desde allí cruzaron por Ramá y Corazín a Betsaida, llegando el viernes 29 de abril. En cuanto llegaron, Jesús inmediatamente envió a Andrés a que solicitara permiso del rector de la sinagoga para hablar al día siguiente, que era sábado, en el servicio de la tarde. Bien sabía Jesús que esa sería la última vez que se le permitiría hablar en la sinagoga de Capernaum.

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